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Guanches y normandos

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Llegué cansado al final de la semana. Trabajo, imprevistos, complicaciones… lo habitual de todas las semanas del año en la mayoría de los hogares del mundo.

Mientras –cansado– me sentaba en el sillón, recordé que sobre estas horas de la tarde solía mi abuelo servirse un whisky y acompañarlo con unos taquitos de queso. Decidí hacer lo mismo, aunque en esta ocasión me incliné por el ron.

Los vapores de la caña de azúcar que emanaban del vaso me recordaron que mañana vendría a casa Catalina –a la que hacía mucho tiempo que no veíamos– quien con su familia se había trasladado por unos días a Madrid desde las Islas Canarias.

El ron, y probablemente el cansancio, llevaron mis pensamientos hasta las “Islas Afortunadas”, en las cuales las leyendas cuentan que vivían “Radamanto, Orfeo, Minos y Dárdano”; y donde existía “un pozo en el cual se podía ver y oír todo lo que sucedía en el mundo.”

Las hermosas tradiciones decían de ella que “eran las Atlántidas o Pléyades: las siete hijas de Atalante que se convirtieron en siete estrellas”, que sus habitantes –hombres y mujeres– “eran los más bellos del mundo”, que Hércules las había visitado y que “El monte Teyde era el gigante Atalante petrificado por Perseo con la cabeza de Medusa.”

Jean de Bethencourt
Jean de Béthencourt

Tal vez fuera la influencia de estas leyendas, y el espíritu predispuesto a la aventura y el riesgo, lo que llevó a Jean de Bethencourt a emprender, junto a Gadifer de la Salle, la conquista de las Islas Canarias. Algunos dicen que a Jean de Bethencourt se le despertó el interés por ellas al verlas señaladas en el atlas catalán de 1375 con esta leyenda: “E sapiats que en aquesta dita muntayna ha moltes bonnes villes e castels, loscuals combaten los uns ab lus altres. Encara con a dita muntayna es abunda de pa e de ví e d’oli e de totes bones fruytes.”

Anteriormente habían intentado su conquista muchas otras expediciones, desde que en 1291 “los genoveses Tedisio Doria y Hugolino de Vivaldo lucharon vanamente con los naturales”; sin embargo no fue hasta la expedición de Bethencourt, que partió de La Rochelle el 1 de mayo de 1402, que comenzó su conquista efectiva.

No lo hizo sin que los naturales opusieran fuerte resistencia, tanta que hubo de pedir ayuda a Enrique III “el doliente”, rey de Castilla. Otorgóla el monarca, junto al señorío de las Islas, gracias a la influencia que ejercía Mosén Rubín de Bracamonte, pariente de Bethencourt, cerca del rey.

Siendo Jean de Bethencourt huésped en Roma de Inocencio VII, en 1405, mereció del Papa estas significativas palabras: “Eres uno de mis hijos y os retengo, habéis hecho un gran bien a la Iglesia y eres un hombre a quien hay que tener muy en cuenta; seréis inscripto con los otros reyes en el Catálogo, pues es mi deseo que no seáis olvidado.”

Jean de Bethencourt, dejando el gobierno  de las Islas a su sobrino Maciot, volvió a sus dominios normandos y murió allí, siendo enterrado en la iglesia de su señorío de Grainville-la-Tinturière en 1425. Una leyenda en dicha iglesia lo recuerda.

 

A la mémoire
de Jehan
de Béthencourt,
navigateur célèbre
et roi des Canaires,
inhume dans le choeur
de cette église,
en 1425.
Priez Dieu pour lui.


Maciot de Béthencourt, titulado “segundo rey de las islas”, fundó la ciudad de Teguise y construyó las iglesias de San Marcial de Rubicón y Santa María de Betancuria. Junto a Teguise –mujer guanche, hija de Guadarfia y nieta de Guanarame y de la reina Ico– son los ancestros de muchos de los que llevan el apellido Béthencourt –con sus diferentes grafías– en España, en Portugal y en América.

Existen varias versiones sobre lo que hizo Maciot de Béthencourt con su reino de las Islas Canarias. Tal vez la más juiciosa sea la que dice que “Él, actuando como representante de Jean de Béthencourt, otorgó el señorío de las islas Canarias a don Enrique de Guzmán, conde de Niebla, el 15 de noviembre de 1418, en Sevilla. En 1447, Maciot fue hecho prisionero en Lanzarote y conducido en tal condición a la isla de Hierro. Más tarde, huyó con su mujer a Portugal. Vendió Lanzarote al príncipe Enrique el Navegante el 9 de mayo de 1448 a cambio del negocio del jabón y otras rentas de Madeira, y se mudó a Madeira con su mujer, sus dos hijas y dos de los hijos de su hermano Enrique y su hija mayor Margarita de Béthencourt, quienes habían contraído matrimonio.”

Le Canarien
Le Canarien

El sabor añejo a madera de roble que desprendía el ron canario de mi vaso me recordó que el 17 de septiembre de 1582 había sido bautizado en Las Palmas mi ancestro Cristóbal Martín de Betancur, 6º nieto del segundo rey de las Islas Canarias. Se había casado allí con Dª Ana de Meneses, existiendo amplia descendencia de sus hijas en el Río de la Plata.

No se sabe a ciencia cierta cuándo llegó a tierras americanas, pero figura a principios del s. XVII en el Alto Perú, “ejerciendo algunos oficios concejiles” en la ciudad de La Plata. Pasó posteriormente a Buenos Aires, donde figura empadronado en el censo de 1628. Fue allí alcalde de la Sta. Hermandad en 1625 y 1636, testó en 1652 y 1661, y está enterrado en la iglesia de San Francisco.

Recordé también que las Islas Canarias han tenido también una participación muy importante en la historia del Río de la Plata.

Cuando Bruno Mauricio de Zavala fundó la ciudad de Montevideo, lo hizo acompañado de 6 familias porteñas (en las que se da la peculiaridad de que la mitad de ellas estaban estrechamente emparentadas, ya que alguno de los cónyuges era hijo del matrimonio formado por el capitán Salvador Carrasco y Dª Leonor de Melo Coutinho, con amplia descendencia en ambas márgenes del Plata) encabezadas por Jorge Burgués, Sebastián Carrasco, Juan Antonio Artigas, José González de Melo, Bernardo Gaitán y Juan Bautista Callo.

Además de estas familias porteñas, acompañaron a Zavala varias familias canarias, “que el día diez y nuebe de Noviembre de este presente Año saltaron en Tierra en este dicho Puerto conducidas de Orden de su Magestad de las Islas Canarias en el Navío Aviso Nombrado nuestra Señora de la Enzina del Cargo del Capitán y Maestre don Bernardo Sumarategui”.

Figuran en el Padrón Millán –el primero en efectuarse en Montevideo– doce familias canarias que habrían concurrido a su población. La mitad procedentes de Santa Cruz de Tenerife, tres de La Laguna, dos de El Sauzal, y tan sólo una de Las Palmas.

Hubo una segunda colonización canaria, llegada a Montevideo en 1729 a bordo del navío “San Martín”. El expresado buque “debía cargar (en Sta. Cruz de Tenerife) además treinta familias para transportarlas a una nueva población que por orden del rey se forma al presente en una playa del Río de la Plata, y se llama Monte Video...”, aunque Apolant estima que sólo debieron hacerlo unas 25 familias. Recibieron  en el reparto de la ciudad, solares, chacras y estancias, y “a cada vecino o poblador 200 vacas para principios de sus crianzas”, además de cien ovejas, “de parte de S.M. a estas familias pobladoras.”

Sin dudarlo ha sido mucho lo que las Islas Canarias han aportado a la formación de la sociedad de las dos patrias. Cualquiera al que le guste escudriñar en la historia de ambas márgenes del Plata podrá comprobarlo.

Quienes no disfruten con la historia y la genealogía siempre podrán consolarse con el afamado ron que producen las Islas Afortunadas.

 

 

 

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