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Durango

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Muchísimas veces había pasado al lado de Durango, pero nunca había entrado a conocer la villa. Esta vez no me llevaba allí ningún antepasado sino que me esperaba en aquella localidad mi amiga y anfitriona Mª Jesús Bergareche, con la firme decisión de hacerme conocer, de una vez por todas, las bondades de su ciudad.

Quedé gratamente impresionado con la población, que además me reservaba una buena sorpresa: al dirigirme a visitar la iglesia de Sta. María de Uribarri encontré a su izquierda, sobre un vano que da acceso a una calle lateral, un busto de cuerpo entero de don Bruno Mauricio de Zavala, el fundador de Montevideo.
La iglesia de Sta. María es magnífica, de porte gótico. Después del violento incendio de 1554 fue restaurada en estilo renacentista, en una conjunción de estilos que la dota de singular belleza. Su pórtico de madera, impresionante, es el más grande existente en España.
Sin embargo no fue aquí donde fuera cristianado en 1682 el fundador de ciudades en el Río de la Plata, sino en la cercana iglesia de Sta. Ana, ubicada junto al río, al arco de Sta. Ana que era una de las puertas de la antigua muralla y la Pl. de Pinondo. Pero la iglesia actual no es la misma en la que fuera bautizado Zavala; en 1772, ante la amenaza de ruina, la primitiva iglesia fue derribada y levantada nuevamente unos pocos metros más alejada del río, para salvaguardar así los cimientos del nuevo templo de la acción de las aguas que, tal vez, hayan influido en el derrumbe de la antigua iglesia.
En 1716 fue Zavala nombrado gobernador de Buenos Aires y partió a América, dejando en Durango la casa de su mayorazgo que ya no volvería a ver jamás.
En 1724 hizo testamento en Buenos Aires  ̶ temiendo quizás los riesgos de la guerra─ antes de pasar a Montevideo para expulsar de allí a los portugueses. En él declaró tener tres hijos naturales: Francisco Bruno, Luis Aurelio y José Ignacio, a quienes dejaba su mayorazgo durangués; y una hija, María Nicolasa de la Concepción, que en aquel año se hallaba en un convento de Durango. Tuvo, al parecer, otro hijo natural llamado Carlos de Durango, que pese a aparecer en el testamento de su supuesto padre no fue “reconocido como tal por haber sido su madre probablemente india.”
El destino quiso que nuestro personaje “habiendo ido a la pacificación del Paraguay... volviendo de aquella provincia, murió a 31 de enero de 1736 entre las ciudades de Corrientes y Santa Fe. Era de estado soltero.” Fue enterrado en la catedral de Buenos Aires.
El valiente durangués murió lejos de la casa blasonada de su mayorazgo. Tal vez en la hora de entregar su alma recordara la ermita de la Veracruz, donde fuera integrante en su juventud de la Cofradía penitencial de la Santa Veracruz; y quizás le viniera a la memoria la imagen de la cruz de Kurutzeaga.
Pero no pensábamos en todo ello mi amiga Mª Jesús y yo, ocupados en degustar un rico bacalao. Un pescado que los vascos saben trabajar con mucho acierto.

 

 

 

 

 

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