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A las orillas del Guadarrama

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“El viejo río fluía a la caída del día en todo su cauce, después de siglos de servicios prestados a la raza que poblaba sus márgenes, en la tranquila dignidad de un curso de agua que lleva a los confines de la Tierra”
Joseph Conrad. “El Corazón de las tinieblas”.



Quienes saben de esto afirman que los pueblos siempre se han asentado a lo largo de las márgenes de los ríos, como si sus aguas ejercieran alguna extraña atracción sobre las gentes que pueblan sus orillas.

Por un momento me paré a pensar en que probablemente todos tenemos nuestros ríos, aquellos cuyas aguas ─la mayoría de las veces aún sin notarlo─ ejercen algún tipo de atracción sobre nosotros, o tal vez nos sume en recuerdos de otras épocas.

En mi caso particular el arroyo Vitel trae recuerdos de mi infancia del mismo modo que el río Guadarrama los trae de mi juventud.

Puente de Alcanzorla
Puente de Alcanzorla
s. IX-XI

Mi residencia madrileña siempre ha estado en las orillas del Guadarrama, y hoy los recuerdos parecen haber venido por su cauce, volviendo a ver unas fotos que tomé la semana pasada a las ruinas del antiguo Puente de Alcanzorla, sobre cuyas piedras volví a cruzar ─una vez más─ el río Guadarrama.

No sabía que estaba allí, muy cerca de mi casa. Por casualidad vi una referencia sobre él y quise saber más de su historia. Un poco perdido, alejado de las miradas indiscretas, me estaba esperando el Puente de Alcanzorla.

Aunque mucho tiempo se lo tuvo por un vestigio romano ─de los que también hay varios exponentes en la zona─ parece ser lo cierto que su origen no es tan antiguo. Forma parte de los numerosos restos de dominación árabe que podemos encontrar en la provincia de Madrid, y que al parecer formaba parte de una ruta o camino militar que unía varias fortalezas dedicadas a vigilar la “Marca Media”, frontera entre los reinos cristianos y moros durante los siglos IX al XI. Sin duda la almenara de Torrelodones era una de ellas, y probablemente lo fuera también el castillo de Aulencia, que tantas veces visité a caballo y que en muchas oportunidades me vio pasear por su antiguo camino de ronda, muy deteriorado ya.

Ubicado en el rincón que se forma allí donde el Aulencia tributa sus aguas al Guadarrama, sobre una peña se yergue, antaño majestuoso, el castillo de Aulencia.

El autor montando a los pies del castillo de Aulencia
El autor montando a los pies
del castillo de Aulencia

Muy cercano a Villafranca del Castillo ─donde estuvo la casa paterna y viví hasta que me casé─ el castillo lindaba con la finca “El viejo roble” de mi amigo y maestro José Celorio, donde junto a una docena de amigos y conocidos realizamos el año ’92 el primer curso de profesores de equitación. Aquel curso tuvo su renombre en su día, porque pese a ser sólo un puñado de jinetes que nos conocíamos entre nosotros, todos éramos ya jinetes reconocidos, incluso algunos habían sido ya campeones de España.

Recuerdo cómo, por las tardes, nos entreteníamos saltando obstáculos fijos en el campo ─que previamente habíamos construido nosotros mismos bajo la dirección de José Celorio─ al pie del castillo de Aulencia, subidos en unos pencos con muy poca calidad que Jose nos hacía montar. Me asombra pensar hoy en cómo éramos capaces de saltar semejantes obstáculos a lomos de aquellos caballos. Éramos entonces muy buenos jinetes, pero hoy creo que también éramos muy atrevidos e, incluso, algo osados.

Muchos han considerado a Jose Celorio como el mejor profesor español de concurso completo de su tiempo. Sin duda fue capaz de aupar a muchos de sus pupilos a la más alta competición. Pero lo que recuerdo con más cariño es su afición por la vida campestre y por los sabores simples pero majestuosos de su gastronomía. Un simple y vulgar tocino salado adquiría tintes de manjar al dorarse en su parrilla, y muchas veces degusté con él unas ricas migas de pastor castellano.

Siempre tenía un recuerdo especial para Asturias y su terruño de Llanes que no podía dejar de transmitir. Junto a él aprendí a apreciar los diferentes quesos asturianos y a tener la especial predilección que poseo por el queso “Afuega’l Pitu.”

Recordaba la última vez que Jose y yo nos vimos ─antes de que una afección coronaria se lo llevara muy joven aún─ cuando mi pensamiento volvió a la zona del Puente de Alcanzorla.

Puente Nuevo
Puente Nuevo
Galapagar, 1583

Sus piedras, después de mil años soportando su arco, parecen endebles en la foto. Sin embargo, cuando uno se acerca a ellas, transmiten fortaleza, seguridad y confianza. Tanto que sobre ellas puede atravesarse el río, de un lado a otro, sin ningún temor. Parecería como si el propio puente nos animara a hacerlo para cumplir una vez más con su función, como si estos mil años no hubieran resultado suficientes para él.

No es posible llegar hasta él si previamente no se conoce su existencia. Ninguna indicación nos avisa de que está ahí, oculto y esperando a ser nuevamente descubierto por un amante más de antiquísimas obras de ingeniería.

Unos pocos centenares de metros más abajo, ahora ya visible e indicado, tiene un joven acompañante. Tan joven que sólo lleva desde 1583 cruzando las aguas del Guadarrama. Pero su origen posee una bonita historia.

El camino original desde Madrid hasta El Escorial pasaba por Torrelodones y Villalba, desviándose desde allí por los lugares de Monesterio y El Campillo ─que Felipe II adquirió posteriormente al duque de Maqueda─ para llegar, finalmente, al Escorial. Pero como el trayecto era más corto, el rey gustaba muchas veces de desviarse en Torrelodones hacia Galapagar, vadeando el Guadarrama por donde hoy se encuentra el Puente Nuevo y desde Galapagar llegar hasta El Escorial cruzando el arroyo del Tercio, al que nos referimos en un relato anterior, anegado hoy por las aguas del embalse de Valmayor.

Se dice que en una oportunidad en que el rey decidió vadear el río, un joven paje por el que su majestad sentía mucho aprecio tuvo el infortunio de ahogarse en las aguas del río Guadarrama, decidiendo el rey la construcción del Puente Nuevo ─llamado así para diferenciarlo del antiguo y cercano Puente de Alcanzorla─ y cuya autoría se atribuye a Juan de Herrera.

Mojón en el Puente Nuevo
Mojón en el Puente Nuevo

El Puente Nuevo es estupendo, con un pretil muy alto que llega hasta el pecho, desde donde me asomé a contemplar las aguas del río. Desde allí no se ve ni el rastro de la existencia, algunos metros río arriba, del antiguo Puente de Alcanzorla. Al cruzar su solana en dirección a Galapagar, uno se encuentra con dos mojones colocados en tiempos de Carlos IV que advierten que se accede a un coto de caza del rey, indicando bajo una corona real que el lugar es “bedado de caza menor. Año de 1793.”

Al ver los graffitis pintados en sus piedras por algunos irresponsables me fui de allí pensando en cuánta razón tiene el saber popular cuando afirma tajante que “hay días tontos y tontos todos los días.”

Mientras miraba en casa las fotos que había hecho al Puente de Alcanzorla no pude dejar de recordar a mi tío José María Palacios Hardy, casado con una prima hermana de mi madre. Varios años vinieron a pasar unos días en casa, a las orillas del Guadarrama, después de hacer sus paseos turísticos por diferentes países.

Aquel tiempo coincidió con mi juventud, y tío Pepe siempre nos traía el mismo presente: puros para mi hermano y para mi, y una botella de un riquísimo licor de cerezas danés llamado “Peter Heering” para mi padre. Fumaba puros durante medio año gracias a la generosidad de Pepe.

Recuerdo especialmente las largas tertulias en las sobremesas, en las que fumábamos un puro y bebíamos el riquísimo licor de cerezas. Pepe siempre nos contaba que a él lo había aficionado a los puros José María Pemán, en las tertulias porteñas a las que ambos asistían. Nos contaba que Pemán siempre gustaba de mojar el puro en su copa antes de fumarlo.

En cuanto llegaban a casa mis tíos Pepe y Paketchen siempre nos mostraban las fotos de su periplo turístico. Recuerdo que un año se habían fotografiado en no recuerdo qué ruinas romanas. En medio de nuestros elogios a su viaje y los lugares visitados, Pepe ─con un gesto de picardía en su cara─ exclamó: “y pensar que uno viaja miles de kilómetros para venir a ver unos escombros sólo porque, de alguna manera, a éstas piedras las tocaron los romanos.”

Pepe murió en el año ‘93, no mucho tiempo después de haber bebido con él una copita de “Heering” en esas largas sobremesas de Villafranca del Castillo. Cuando vi el Puente de Alcanzorla no pude dejar de pensar en él y en su lapidaria y divertida frase sobre las antiguas ruinas. Tampoco puedo dejar de recordarlo cada vez que enciendo un puro.

Junto al humo, parece que fumara los recuerdos de buenos momentos pasados junto al Guadarrama, desde que por primera vez lo crucé a caballo hace ya más de treinta años.

 

 

 

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