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Génesis y Genealogía

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“Bendijo Dios a Noé y a sus hijos, diciéndoles: Procread y multiplicaos y llenad la tierra.”
Génesis 9,1.
“Noé, agricultor, comenzó a plantar una viña.
Bebió de su vino, y se embriagó, y se desnudó en medio de su tienda.”
Génesis 9,20-21.

 


El sol brilla en el cielo pero no llega a calentar como suele tener costumbre de hacerlo. El viento baja hoy muy frío desde el Abantos recordándonos que aún es enero y queda mucho invierno por delante.

Caliente en casa, desde la comodidad de mi sillón miraba por la ventana mecerse la copa de los árboles, arrulladas por el viento, mientras disfrutaba de una copa de vino. Los aromas que se desprendían de la copa y sus sabores —a la vez tánicos, minerales, afrutados y amaderados— me llevaron a recordar al ancestro Noé, aquel que después del Diluvio se convirtió en genearca de la humanidad y que —según narra el Génesis— es el abuelo universal de todos nosotros.

La embriaguez de Noé
La embriaguez de Noé

Como nos dice el Génesis, Noé no sólo nos legó el temor de Dios y su impronta genética, sino también el cultivo de la vid y la afición por el vino. El padre Noé —elegido por Dios para perpetuar a las criaturas divinas— nos demostró su humanidad siendo el primer borracho.

Recordé haber visto, no hace demasiado tiempo, vanagloriarse a alguien en los muchos y multitudinarios foros que existen sobre genealogía, de haber logrado entroncar —generación por generación— con el ancestro Noé. Mientras una sonrisa se instalaba en mi cara, aproveché para acercar nuevamente la copa a mis labios y saborear el fruto de la vid.

Vino entonces a mi memoria la evocación de un ancestro no tan lejano —si es que nos hemos de remontar hasta los personajes bíblicos— pero que comparte algunas similitudes con el ancestro descubridor del vino.

El capitán Juan Domínguez Palermo es también un gran genearca para todos los porteños criollos. Poblador de Buenos Aires, se estableció allí poco después de su fundación. Hernandarias, en un memorial dirigido al rey el 4 de mayo de 1606, se refiere a él diciendo que “entró ha 20 años y está casado con hija de conquistador”; y hasta puede que una de las más acertadas referencias sobre su personalidad sea la que dice que “Fue un incansable batallador que se destacó tanto en el orden privado como por sus servicios públicos, por lo que el más bonito paseo de Buenos Aires lleva su nombre, junto a un barrio tan mentado de antiguo que nadie en aquella tierra ha dejado de oír hablar de él.”

El padre de su mujer, Dª Isabel Gómez de Saravia, había acudido a la fundación de Buenos Aires junto a Garay —en 1580— desde la Asunción, acompañado de “sus caballos, armas de servicio y ganados” haciendo la jornada “a su costa y minsión” como correspondía a las personas de su calidad. Su madre, Dª Beatriz Luis de Figueroa, era también hija del conquistador del Paraguay Benito Luis de Figueroa, piloto y natural de Oporto.

Su mujer había sido dotada con “media suerte de tierras para chacra despoblada, [...] la que tengo en esta ciudad, una cuadra junto al molino de viento” que su suegro, Miguel Gómez de la Puerta y Saravia, había recibido en el repartimiento otorgado por Garay. En esta chacra -acaso recordando los viñedos mediterráneos de su Sicilia natal o, tal vez, emulando la profesión agrícola y la afición enológica de Noé- plantó nuestro ancestro una viña de “...muy larga fama. Tanta, que su producción no sólo aumentó la fortuna de nuestro personaje sino que sirvió como frecuente punto de referencia en muchas escrituras de la época.”

Adolphe Tonnelier Cattoir
Adolphe Tonnelier Cattoir

Volví a acercar la copa a los labios, pensando que los primeros habitantes de Buenos Aires habrán bebido todos de la vid de mi ancestro Juan Domínguez Palermo y mi recuerdo se trasladó hasta mis antepasados Tonnelier, de origen belga.

Me acordé que en Froyennes, en las cercanías de Tournai, existía “un pequeño château, granja y señorío de Flesquierre” que pertenecía “a la familia de los condes de St.Genois, quienes la vendieron por el año 1760 a un fabricante de cerveza de Tournay, llamado Thiéry Tonnelier”.

No era Thiéry Tonnelier, mi 7º abuelo, el primero de su estirpe en fabricar cerveza. También su padre fue cervecero y se sospecha, aunque sin datos que lo aseguren fehacientemente, que fue su abuelo, Pierre Tonnelier, quien estableció inicialmente la cervecería familiar. Con la de los hijos y nietos de Thiéry, al menos fueron cuatro o cinco las generaciones que se dedicaron a producir cerveza; una bebida muy arraigada en los países del norte de Europa, cuya climatología no siempre es la más idónea para el cultivo de la vid.

Dando un nuevo sorbo a mi copa me imaginé que tal vez algunos de los nietos de Thiéry, que fueron médicos de profesión, acaso alguna vez hayan recetado a sus pacientes una cerveza como tónico o reconstituyente; o quizá es lo que me hubiera gustado que hiciera conmigo alguno de los muchos galenos que me han tratado a lo largo de mi vida.

Me imaginé también que tal vez su nieto, André Tonnelier, teniente del 23º Regimiento de Cazadores a Caballo, en la noche previa a la batalla de Wagram haya levantado una cerveza —junto a otros jóvenes oficiales como él— por la victoria que obtendrían en la batalla del día siguiente. Nunca sabremos si ocurrió, o no, lo que mi mente imagina; pero sí sabemos que el teniente André Tonnelier murió, a consecuencia de las heridas recibidas en la contienda, poco después de la batalla. Esa cerveza cuya existencia me imaginé muchos años después, pudiera haber sido la última de su vida.

Adolfo Tonnelier Cattoir
Adolfo Tonnelier Cattoir
con su nieta Elba Huergo Tonnelier

Nuevamente el recuerdo volvió a viajar de Europa al Río de la Plata, como lo hizo mi tatarabuelo Adolphe Charles Emile Tonnelier Cattoir. A semejanza de Noé también sintió atracción por la agricultura, estudiando en la Escuela de Agronomía de Gembloux; en nuestro país dirigió las estaciones experimentales y escuelas de agronomía y ganadería del Chubut, de Paraná, de Bell Ville y de Córdoba. Sus trabajos agronómicos más importantes fueron publicados por el Ministerio de Agricultura.

Pero, a diferencia de sus ancestros cerveceros, se parecía a Noé en su predilección por el vino. De este modo fundó en 1883 —ubicado en la nueva localidad fundada por su suegro, Jorge Temperley— el “Viñedo de Temperley”, provisto de “ocho cuadras cuadradas plantadas con viñas americanas y francesas de la mejor especie.”

Pero las actividades agrícolas y enológicas del abuelo belga perduraron en sus descendientes. El mayor de sus hijos varones, mi bisabuelo, se interesó también por la agronomía y las tareas rurales y las desempeñó para el Ministerio de Agricultura. También desempeñaron estas tareas sus hermanos varones Jorge, Carlos y Ricardo Tonnelier. El otro hermano varón, Emilio —tal vez añorando los “Viñedos de Temperley”— poseía desde 1922 la bodega mendocina “La Purísima”. En 1935 —junto a sus socios, los hermanos Basso— adquirió la importante bodega “Santa Ana”, la primera en elaborar en la Argentina vinos espumosos según el “Méthode Champenoise.”

Algunos miembros de la familia, unos cuantos, siguen vinculados profesionalmente al negocio vitivinícola: viñedos, bodegas, distribuidoras, tonelerías... otros de sus miembros simplemente nos dedicamos a degustar y apreciar el noble líquido procedente de la vid.

Mientras pensaba en estas cosas fui a rellenar mi copa una vez más, pero esta vez la botella estaba ya vacía.

 

 

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