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La Villa de Navalquejigo

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Existen multitud de lugares cuya existencia se ve eclipsada por otros emplazamientos cercanos de historia más deslumbrante, o simplemente, de mayor importancia.

Si preguntamos hoy por la madrileña villa de Navalquejigo, muy pocos serán los que sepan de su antigua existencia, y sólo unos pocos nos afirmarán que éste, Navalquejigo, era el nombre de la granja particular sobre cuyos terrenos se edificó la urbanización de Los Arroyos, en El Escorial; -esa que está a las orillas del pantano de Valmayor- dirán algunos.

 

La realidad es que la villa de Navalquejigo hunde sus raíces en épocas muy pretéritas, ya que en sus cercanías se han encontrado restos arqueológicos entre los que destacan algunos de origen carpetano (una de las tribus prerrománicas que poblaron la Península) y un par de aras romanas conservadas en el Museo Arqueológico de Madrid.

Hoy en día, en la urbanización Los Arroyos y a muy pocos metros de la estación de tren de Las Zorreras, oculta a las miradas indiscretas y a unos 150 metros del asfalto, se encuentran los restos de lo que otrora fuera la “Villa de Navalquexigo”. Es fácil, para quien no conoce su existencia, pasar a esos escasos 150 metros de ella sin sospechar siquiera de su presencia.

Su decadencia parece venir de antaño, ya que en mayo de 1751, reunidos sus personajes más ilustres: Francisco Serrano, alcalde ordinario; Juan Sánchez Polo, regidor; Francisco Martín, síndico procurador general; y Joseph Segovia, escribano; dieron una buena reseña de la situación y actividad de su pueblo, contando entonces con 16 vecinos, incluyendo a una viuda y al tabernero; 17 casas, de las cuales una era inhabitable; y 10 pajares; además de su iglesia del s. XIII. Estos datos, que arrojan una población aproximada de 65 habitantes, contrastan con los 250 pobladores con que contaba dos siglos antes.

Al mediar el s. XVIII la villa era propiedad “dela Exma Señora Duquesa del Infantado” -como condesa del Real de Manzanares, al cual pertenece toda esta zona madrileña- y no parece que disfrutara de un pasar muy halagüeño, ya que sus “ochozientas fanegas de tierra” eran, entonces como ahora, fundamentalmente “todo prados”, y sólo dos de sus ciento treinta y dos colmenas pertenecían a una vecina de Navalquejigo. De las otras, cien eran propiedad de Ana de Silva, “vecina de El Escorial”, y las otras treinta propiedad “del Convento de Nª Señora Copa Cavana, Agustinos Recoletos de la Villa y Corte de Madrid”.

La industria era inexistente, ya que se afirma que en su término “no hay fabrica alguna”, y pese a existir un sastre, cuyo hijo le oficiaba de aprendiz, “es muy poco o nada lo que tiene que trabajar en dho ofizio”, sustentándose de las labores de labrador. Con otros oficios necesarios pasa algo similar, ya que pese a que el oficio de escribano se arrendaba por ser propiedad de la duquesa del Infantado, debía de rentar muy poco, y el cirujano y el herrero venían de la cercana villa de Colmenarejo. El único que debe haber tenido un pasar más regular parece ser el tabernero, cuya tasca arrendaba en 1000 rs. de vellón anuales.

Parecería que una de las más importantes fuentes de ingresos debió de ser el transporte que sus vecinos realizaban con “onze carretas” que desde marzo a octubre conducían “piedra, carvon, oleña ala Villay Cortte deMadrid.”

La desgracia, que es común a todos los asentamientos y acompaña a los hombres desde el inicio de los tiempos, también se manifestaba en Navalquejigo, que contaba entonces con “tres niños Huerfanos Pobres de Solemnidad, que son Custodio Sanchez de doze años, Manuel de Diez, e Ines de Siette, hijos de Blas Sanchez, y de Ysabel dela Parra vezinos quefueron deestta villa.”

Me gusta imaginar que tal vez estos hermanos huérfanos hayan crecido con el apoyo de los demás habitantes de esta villa, en la que es indudable que las circunstancias particulares eran de conocimiento público, dada la poca cantidad de vecinos. Con seguridad habrán tenido la esporádica ayuda espiritual del tte. cura don Pedro Sánchez Polo, domiciliado en Galapagar, ya que su párroco titular don Juan Corcho Margarita, vivía en Toledo.

Los avatares de los tiempos quisieron que en sus cercanías se construyera, en 1975, el embalse con la presa de escollera más alta de España, que con sus 60 metros de altura inunda 755 hectáreas de las márgenes del río Aulencia, y sus arroyos tributarios, para formar el pantano de Valmayor. Con semejante espejo de agua, para quien visita hoy en día estos parajes resulta curioso saber que dos siglos atrás sus vecinos manifestaban que “no hay en este pueblo individuo alguno que tenga embarcaziones”, aunque se me ocurre pensar que pocos años después de esta información, sí que echarían sus cañas y aparejos al arroyo del Tercio desde el puente del mismo nombre que el rey Carlos III mandara construir en 1765, y que sería utilizado durante doscientos años en el camino al Escorial, hasta que fuera sumergido bajo las aguas del embalse de Valmayor.

Si uno pudiera trasladarse a épocas pasadas con una máquina del tiempo, para contar a los tres hermanos huérfanos de Navalquejigo algunos hechos que ocurrirían en su villa y su comarca tan sólo doscientos años después, tal vez ninguno de ellos se sorprendiera demasiado al pensar que su ayuntamiento ya no existiría y que sus “ochozientas fanegas de tierra” se habrían integrado en el término del Escorial.

Tal vez tomarían con agrado el saber que un grupo de “okupas” detentan actualmente la posesión de hecho de las antiguas edificaciones y restos de la villa de Navalquejigo, convirtiéndola nuevamente en un lugar poblado.

Casi con toda seguridad se sorprenderían mucho al conocer que el cauce del río Aulencia habría sido inundado para crear un gran embalse cuyas aguas dan de beber a la Villa y Corte de Madrid, y puede que se apenaran al saber que el “Puente del Tercio” habría sido anegado por las aguas, para reaparecer tímidamente sólo en los años de sequía, cuando baja el nivel del embalse.

Seguramente habrían reído con ganas al saber, que en el año 2003, la Guardia Civil emplearía sus recursos y a sus efectivos en buscar dos grandes cocodrilos que supuestamente campaban a sus anchas por el embalse de Valmayor y que, con toda lógica, nunca fueron encontrados; pero reirían aún más al saber que su bien conocido “Puente del Tercio” haya sido catalogado como “Bien de interés histórico” y permanezca oculto, inundado bajo las aguas de Valmayor. Posiblemente preguntarían, con sorna, quiénes son los “regidores” o personas “del consejo de S.M.” que tomaron semejante decisión.

No creo que llegaran a comprender en su totalidad el significado del término “okupa”.

Me gusta imaginar que, por azar del destino, tal vez algún descendiente de Custodio, Manuel e Inés Sánchez viva actualmente en Los Arroyos, sin saber que lo hace en las cercanías de la antigua villa dónde vivieron sus mayores, y a unos pocos metros de donde escribo estas líneas.

 

El Puente del Tercio emerge de las aguas en un año de sequía.

 

 

 

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