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Un arroz en Redondela

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Para el que no disfruta de conducir, las distancias pasan lentamente en el cuentakilómetros de su vehículo.

Esperaba encontrarme en Vigo con mi antiguo compañero de colegio Ángel Fontán Seoane-Pampín. Pero como el trayecto hasta la ciudad gallega es largo, al acercarme a Tordesillas no me vino a la cabeza el tratado firmado allí, por el cual los Reyes Católicos y Juan II de Portugal se repartieron el mundo, y que tantos enfrentamientos produciría con los portugueses en tierras del Río de la Plata, sino que recordé que en aquella ciudad se bautizó, en 1733, doña Josefa Viamonte, tía de mi ancestro el general don Juan José Viamonte.

Los recuerdos sobre los Viamonte pasaron pronto, según se iban acumulando las distancias en el cuentakilómetros de mi automóvil, aunque no tardaron en volver: ya en Galicia, a la altura de Verín, vi un cartel que señalaba el desvío hacia Cháves (Portugal) y recordé que su hermano don Jaime Viamonte había intervenido “En toda la Última Guerra de Portugal, en las Guarniciones de la Coruña y chaves...” antes de pasar al Río de la Plata.

Al llegar a Vigo me reencontré con mi amigo Ángel y con una “Estrella Galicia” entre las manos, nuevamente los recuerdos no tardaron en aflorar: picardías y travesuras de juventud, compañeras de colegio que nos habían enamorado pero que nunca habían correspondido a nuestro corazón... Ambos evocamos lo vivido juntos en nuestra adolescencia en Madrid, nos contamos qué había sido de nuestras vidas en los veinticinco años en que casi no habíamos sabido uno del otro, y también hubo un triste recuerdo para aquellos seres cercanos que ya no están con nosotros, habiéndose ido algunos demasiado pronto.

Esa noche, mi mujer y yo comimos en Redondela, con unas magníficas vistas sobre la Ría de Vigo y, en la otra orilla de la ría, “O Morrazo”.

Las zamburiñas, los langostinos y las vieiras que acompañaban al arroz que me sirvieron me retrotrayeron nuevamente al recuerdo de mi ancestro el capitán don Jaime Viamonte. Sirvió al rey durante más de nueve años en Galicia antes de formar su hogar con la criolla doña Bárbara González Cabezas. Se me ocurrió pensar cuál habría sido el motivo por el que no hubo ninguna gallega “modosiña” que lo retuviera en una tierra tan obsequiosa en su gastronomía.

Contemplaba, reflejadas sobre la Ría de Vigo, las primeras luces de las poblaciones del “Morrazo” cuando empecé a mencionar los nombres de las Rías Baixas: Vigo, Aldán, Pontevedra, Muros... Recién entonces caí en la cuenta: la madre de doña Bárbara González Cabezas era criolla, una de las célebres hermanas llamadas "Siete Cabezas", de las cuales proceden las más importantes y tradicionales familias porteñas; pero su padre don Felipe González de Basarra y Guiante, había nacido en Muros a principios de s. XVIII.

Pensé en que la “morriña”, que todos los gallegos dicen tener por su tierra, de alguna manera aflora también en quienes hemos vivido algún tiempo en esos parajes, y se me ocurrió que el origen gallego por parte paterna de doña Bárbara tal vez haya contribuido a mitigar la “morriña” de la que don Jaime se hubiera podido contagiar durante los más de nueve años que pasó allí.

Mientras comía la última zamburiña pensé en la “morriña” que me daría hoy recordar ese arroz con mariscos que me sirvieron en Redondela.

 

 

 

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