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Paterna y Momus

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Dos años habían pasado desde la última vez que estuve en el Duranguesado y nuevamente me esperaban allí Maria Jesús Bergareche y su familia, siempre tan amistosos, para pasearme esta vez por Elorrio.

Pero en esta oportunidad la elección no había sido aleatoria; hasta allí me dirigía para conocer el lugar de origen de mi ancestro el coronel de los Reales Ejércitos don Gregorio de Otálora y Esteybar, que nació en Elorrio en 1687 y murió en América en 1752. Pasó allí su vida, entre Buenos Aires y Potosí, donde se dedicó a la actividad minera y era allí propietario de minas.

Basílica de la Purísima Concepción - Elorrio
Basílica de la Purísima Concepción - Elorrio

Hombre muy acaudalado en su tiempo, cuando en 1728 —a los 41 años— contrajo matrimonio en Buenos Aires con doña Juana María de Larrazábal y Avellaneda —por poder, ya que para entonces se encontraba en el Potosí, ratificando su matrimonio en persona recién dos años después, en 1730—, su fortuna superaba la importantísima suma de 200.000 pesos. La novia —criolla de antigua cepa que aún no había cumplido los 21 años, cuyos orígenes provenían de quienes habían fundado la ciudad de Buenos Aires, por primera vez en 1536, acompañando a don Pedro de Mendoza— estaba también espléndidamente dotada con la fuerte suma de 18.000 pesos; era hermana del prestigioso coronel don Marcos de Larrazábal, caballero de Santiago y gobernador del Paraguay, e hija del general don Antonio de Larrazábal y Basualdo, vizcaíno natural de Portugalete, a quien aún hoy se menciona expresamente en una de las salas del Museo de las Encartaciones (Avellaneda, Vizcaya). El enlace matrimonial y el prestigio social del coronel don Gregorio de Otálora, le posibilitó ejercer como alcalde de segundo voto en el Cabildo porteño, juez de menores y familiar del Santo Oficio de la Inquisición.

Si bien mi amiga María Jesús y yo nos habíamos reunido en Durango —acompañados de nuestras respectivas familias—, nos dirigíamos en nuestros automóviles hasta la cercana Elorrio. Al aproximarse, el viajero no puede dejar de deslumbrarse con la belleza de su entorno natural, entre las faldas del Udala —majestuosamente coronado por los tres picos de su cumbre, cuyas alturas dividen Vizcaya de Guipúzcoa—, y la del Amboto —ese monte casi sagrado en el que la mitología vasca dice que Mari, la diosa primordial de las creencias precristianas vascas, tiene la principal de sus moradas, y donde en los días de buen tiempo dicen que se la puede ver peinando su larga cabellera rubia en la boca de su cueva—.

Nos dirigíamos caminando hacia el centro de la villa, hacia la denominada plaza del Árbol de Guernica —admirando los vestigios de su antigua muralla—, donde confluyen el ayuntamiento, la basílica parroquial y el tradicional e infaltable frontón. No pude sino sobrecogerme al admirar la fábrica de la Basílica de la Purísima Concepción, “El mayor templo de Bizkaia en cuanto a volumen”; erigida por sus habitantes que hasta entonces debían ir hasta la Anteiglesia de San Agustín de Echevarría para atender sus necesidades espirituales, y al hacerlo “aducían la lejanía del lugar, las inclemencias del tiempo y hasta la inseguridad del camino.”

Se edificó la Basílica —según dice una antigua inscripción en sus muros— en 1459, sobre terrenos propiedad del linaje Urquizu, que por tal motivo dispone “de un espacio reservado a perpetuidad dentro del templo”. Cuentan que semejante iglesia, con toda su grandiosidad,  “se pudo realizar gracias también a muchos elorrianos que, desde América... enviaban fondos para las obras, principalmente para la construcción y dorado del actual retablo.”

Escudo en el palacio de Esteibar-Arauna
Escudo en el palacio de Esteibar-Arauna

El retablo mayor es una maravilla que llama la atención, “una verdadera obra monumental de ebanistería rococó, dorada por completo, y uno de los más majestuosos del Estado de entre los de su estilo”. Diseñado por Churriguera, fue realizado por el elorriano José de Alcorta, quien comenzó los trabajos en 1719.

“El retablo se lleva a cabo en estilo barroco genuino, tras el acopio de donativos, por un lado, y nogales, por el otro. Su elaboración conllevará un largo período de tiempo por cuanto la villa vive una penuria económica notable entre 1729 y 1750, fecha a partir de la cual llegan partidas desde Buenos Aires, Tucumán, Cartagena de Indias, Lima y Cádiz, acelerando así las obras.”

Al enterarme de que el retablo fue acabado gracias a las dádivas llegadas desde Buenos Aires, entre otros sitios, no pude sino imaginar que mis ancestros posiblemente hayan contribuido a la manufactura de tan magnífica obra de arte.

No lejos del altar se encuentra, del lado del evangelio y muy simple y antigua, la pila bautismal en la que fue cristianado don Gregorio de Otálora; mientras tocaba su piedra me emocioné pensando que en ella había sido bautizado no sólo mi ancestro el coronel, sino también su padre, su abuelo, su bisabuelo y su tatarabuelo, que recibió allí el sacramento en 1599. Pero no era la única sorpresa emocionante que me deparaba esta basílica. Según se entra en ella, llama la atención ver —sobre el muro de la epístola— el pintoresco “Retablo de Berriotxoa”, erigido en 1906 y que representa —en estilo oriental— el martirio del dominico San Valentín de Berriochoa, obispo; muerto mártir en Vietnám en 1861. En la base del retablo se encuentra el cuerpo del santo. El mártir, cuyo cuerpo puede verse en una urna en la base del retablo, era descendiente directo por varonía de Juan Ochoa de Berrio, bisabuelo materno del coronel Otálora.

Una vez finalizada la visita a la basílica, caminamos por la calle principal de Elorrio, que hoy lleva el nombre del santo elorriano, por estar allí ubicada su casa natal. Paseamos alegremente, conversando y disfrutando de las antiguas construcciones y sus abundantes blasones —Elorrio, con sus 24 palacios y 69 labras armeras es el lugar con mayor concentración de escudos de armas de todo el País Vasco—; me llamó especialmente la atención un escudo de los Urquizu, con tres yelmos al estilo de los blasones germánicos.

Me fotografié delante del palacio de Esteibar-Arauna, edificado después del nacimiento de mi ancestro, pero con sus mismos apellidos por el lado materno; y también lo hice en el portal de “la ronda del Río”, vestigios que aún quedan de la antigua muralla elorriana a las orillas del río Zumelegui.

Armas de Urquizu, con tres yelmos
Armas de Urquizu, con tres yelmos

Pensé en que, tal vez allá en la lejana Buenos Aires o ante el Cerro Rico de Potosí, el coronel Otálora le haya contado a su único hijo, el teniente coronel don José Antonio de Otálora y Larrazábal, algunas historias elorrianas vinculadas al crucero de Kurutziaga, que “mandó hacer D. Luis de Figuna y Santagna a nueve de agosto de 1522”; o a los alardes en que se reunían los hijodalgos “cada año, todos los días de San Juan Bautista por la mañana en casa del alcalde y anden por las calles e plazas acostumbradas desta villa, y esten y bengan apercibidos todos para el dicho alarde con sus armas”, y que aún hoy rememoran los jóvenes “con txistu y tamboril... disparando al unísono sus escopetas...”

Me imaginé también que en más de una oportunidad le habría hablado de las tradiciones ancestrales vascas, heredadas de tiempos precristianos, y de la sorprendente necrópolis de Argiñeta —ya mencionada por Garibay— que se encuentra no muy lejos de la villa junto a la ermita de San Adrián. Sus cinco antiquísimas estelas funerarias y veinte sepulcros en piedra forman un conjunto sobrecogedor y emotivo. Más si cabe, puesto que habiendo aquí una manifestación precristiana, también es en este lugar donde encontramos las inscripciones que “constituyen los testimonios escritos más antiguos de la presencia de núcleos cristianos en Bizkaia.”

Mientras me sentaba a descansar sobre uno de los sarcófagos de piedra, me fijaba en las antiguas inscripciones que rezan “Obiit F(a)m(u)l(u)s d(e)i Paterna XVII k(l)ds Augustas” [Murió Paterna, Servidor del Señor, el 17 de las calendas de Agosto] e “In De(i) Niomine Momus in copore bibentem /in era DCCCCXXI mi fecit/ ic dormit” [En el nombre del Señor, Momus en vida corpórea / en la era 921 me hizo / aquí duerme].

Descansaba sobre las milenarias piedras de Argiñeta, maravillándome entre la antigüedad y la belleza tan singular del sitio y preguntándome quiénes habrían sido Paterna y Momus —¿habrán sido por ventura, sin saberlo yo, ancestros remotos míos?—, cuando mi pensamiento viajó a la América y recordó que mi ancestro porteño don José Antonio de Otálora y Larrazábal viajó al Potosí —con toda seguridad para atender sus intereses mineros— en 1753, y allí se casó al año siguiente con la malagueña doña Josefa del Ribero, hija del director de la Casa de Moneda del Potosí, en la cual se acuñaron —con la plata proveniente del Cerro Rico— las preciosas monedas “columnarias” y, con el correr del tiempo, la primera moneda argentina.

Necrópolis de Argiñeta
Necrópolis de Argiñeta

Al igual que su padre, don José Antonio de Otálora fue también regidor del Cabildo porteño y adquirió en 1781 la famosa estancia “Rincón de las Palmas” que había pertenecido a los jesuitas. Hombre muy piadoso, junto a su mujer donó a la Catedral, en 1789, un coche lujosamente ataviado para llevar el Santísimo Sacramento a los moribundos; donando, junto al coche, también las cuatro mulas blancas que tiraban de él y a los dos esclavos vestidos de librea que la conducían. La tradición porteña nos cuenta que algunos años después renovó el carruaje por uno de más lujo que encargó a la ciudad de Lima.

Recordé que don José Antonio de Otálora y doña Josefa del Ribero guardan parentesco con muchos próceres y familias de Buenos Aires. Al casar a su hija Manuela Josefa con el teniente coronel Manuel Soler y Berdum, fueron abuelos de los próceres general Miguel Estanislao Soler y coronel Manuel Soler; su hija Ana María se casó con Benito González Rivadavia, padre del prócer Bernardino Rivadavia —primer presidente— que a su vez estaba casado con Rafaela del Pino, hija del octavo virrey del Río de la Plata. Su hija Francisca se casó con don Juan José de Reina, cuyo padre desalojó, en 1770, a los ingleses que pretendían establecerse en las Islas Malvinas. La menor de sus hijas, doña Saturnina, se casó con el presidente de la Primera Junta de Gobierno, el prócer y general don Cornelio Saavedra.

Mientras me sentaba a la mesa mis pensamientos abandonaron rápidamente el Río de la Plata, ocupados en pensar en el rico bonito encebollado del que mi amiga Maria Jesús y yo daríamos cuenta en esta oportunidad, un pescado muy sabroso y apreciado por quienes viven cerca del Cantábrico.

 

 

 

Tribulaciones mozárabes

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El verano no sólo es el calor de la canícula, para la mayoría de los mortales este tórrido período del año también va asociado a unas jornadas de asueto.

Disfrutaba al sol de unos días libres, gozando de la brisa salina y refrescante del Mar Cantábrico, holgazaneando y holgándome en mirar la espuma de las olas cuando mi memoria viajó hasta la antigua ciudad de Toledo, capital del rey Rodrigo hasta su derrota y muerte en la batalla de Guadalete, en 711, que puso a la capital del antiguo reino visigodo bajo la dominación morisca.

Recordé entonces a los antiguos ancestros mozárabes toledanos, quienes como “Cavalleros Christianos Godos” durante siglos de dominación musulmana conservaron su Fe católica y la liturgia visigótica.

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Los viajes de ayer

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Muchas veces he pensado que el s. XX fue, fundamentalmente, el siglo de las comunicaciones, de la revolución en las maneras de viajar. Una transformación efectuada durante las primeras siete décadas del siglo y que posiblemente haya tenido su punto culminante con el alunizaje del Apollo XI.

Cuando pienso en ello no puedo dejar de pensar en la vida de mis abuelos maternos, que nacidos en la última década del s. XIX, iniciaron sus vidas trasladándose en coche de caballos y en trenes a vapor, para terminarla después de que fueran comunes los grandes aviones a reacción, de la aparición del Concorde ─cuya velocidad de crucero de Mach 2.02 duplicaba la velocidad del sonido─, o el lanzamiento de cohetes para poner satélites en órbita.

Sin embargo, cuando pienso en los largos viajes que hicieron los miembros de mi familia durante el s. XX siempre aparecen, curiosamente dotados de una personalidad propia e imponente, los transatlánticos.

Esos grandes buques preparados para cruzar el océano y que en el recuerdo popular permanecen caracterizados por su lujosa primera clase y porque millones de personas emigraron durante el s. XX, de Europa hacia América, en su no tan lujosa tercera clase.

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Fray Bentos y el Rincón de Haedo

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Parece que el verano ha llegado a mi casa del Escorial. Lo he notado especialmente en dos cosas: en que el termómetro ha rebasado los 30 grados y en que he comprado, y me dispongo a beber bien fresquita, un poco de horchata de chufas.

Era chico cuando en España probé por primera vez una horchata valenciana. Mi padre la había pedido en una cafetería con mucha emoción, recordando cómo la bebía en Buenos Aires siendo niño. Después, no sé por qué, en Buenos Aires dejó de haberla. Lo mismo le ocurrió a mi madre con las chirimoyas; las probé por primera vez en Europa, siendo un muchacho. Hoy es una de mis frutas preferidas.

Mientras me refrescaba con la horchata me fijé en una foto –que cuelga en las paredes de mi casa– del cuadro que Pedro Blanes Viale pintara en 1898 para rememorar las Instrucciones del año XIII y el Congreso reunido en la Capilla Maciel en 1813. Allí aparece retratado mi chozno, el prócer oriental Manuel de Haedo, aunque la realidad es que murió mucho antes de que se efectuara esa pintura.

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Recuerdos de Pedraza

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Allí estaba de nuevo, sentado en la plaza de Pedraza disfrutando de sus piedras medievales. Treinta años habían pasado desde la última vez. Treinta años y muchos cambios, que como suele ser habitual no siempre son para mejor.

Pedraza de la Sierra
Pedraza de la Sierra

Estando allí no pude sino recordar a mi tía Irene Ugarte de Quirno, a quien todos llamábamos “Chiquita”. La última vez que estuve en Pedraza lo hice con ella y con mi prima, Adela Quirno de Echagüe. ¡Cómo les gustaba a ambas ese pueblito medieval segoviano!

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Las armas del rey Pelayo

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Los días vienen calurosos este verano y la gente combate las altas temperaturas de la mejor manera que se le ocurre.

Me disponía a aplacarlo yo tomando una rica y fresca sidra natural asturiana. Mi brazo en alto sostenía la botella muy por encima de mi cabeza y mi otra mano sujetaba el ancho vaso a la altura de la cintura mientras escanciaba la sidra formando una ligera espuma. Entonces, mirando caer el líquido en el vaso, recordé a algunos de mis ancestros asturianos.

Uno de ellos, el capitán Pedro de Cueli, había nacido en el Consejo de Llanes en 1671. Pasó a Buenos Aires donde fue Regidor, y donde se casó en 1697 con la criolla Ana Francisca Lozano de Escobar, iniciando así su descendencia porteña. Su hijo, el capitán Juan Agustín de Cueli y Lozano, fue vecino encomendero de Buenos Aires.

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Un jardín alcarreño

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Apreté, casi inconscientemente, el tabaco en la cazoleta de mi pipa mientras pensaba en que ya había pasado un año desde que estuve por última vez en Robledillo.

La brisa fresca de la mañana, el silencio sólo interrumpido por el trino de los pájaros y por el lejano cacarear de un gallo, y la mirada perdida en los reflejos dorados de los trigales listos para cosechar, daban una sensación de tranquilidad y calma que invitaban a relajarse y a disfrutar del día.

Tal vez porque había vuelto a ver, en el salón de la casa, la foto de mi amigo Callum lujosamente ataviado con el kilt de su clan, como oriundo de Perth que es –acaso como un highlander que hace tiempo se aprestaba a luchar en Culloden, en defensa de su legítimo rey “Bonnie Prince Charlie”– recordé aquel regimiento 71º de Highlanders cuya bandera se exhibe junto a otras, como trofeo de guerra, en el camarín de la Virgen del Convento de Santo Domingo en Buenos Aires.

Recordé cómo las tropas británicas, provenientes de la Ciudad del Cabo, desembarcaron en las cercanías de Buenos Aires y rápidamente –por la fuerza de las armas– bajo las órdenes de William Carr Beresford, se hicieron con la ciudad a fines de junio de 1806.

Recordé cómo el virrey marqués de Sobremonte –casado con Dª Juana María de Larrazábal; nieta de mi ancestro el general don Antonio de Larrazábal, a quien ya hemos mencionado en un relato anterior– ante el tamaño del ejército invasor optó por retirarse hacia Luján, llevando consigo los caudales públicos y “donde esperaba la reunión de las compañías de milicias distantes y pensaba hacerme fuerte para sostener el territorio”.

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Vírgenes, milagros y mitologías vascas en la tradición popular guipuzcoana

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Antes de ayer, sábado 13 de mayo, se celebró el centenario de las apariciones marianas en Fátima, en las que los tres pastorcillos vieron a “...uma senhora mais brilhante do que o Sol” y nuevamente “un obispo vestido de blanco” oró en su santuario y canonizó a los niños Jacinta y Francisco Marto.

Pensando en las devociones marianas me puse a recordar la veneración que en Guipúzcoa se le tiene a la virgen de Aránzazu, en algunas tradiciones y mitologías precristianas que también persisten en el folclore popular, y en un milagro y una supuesta santidad y devoción popular que se dieron ─hace muchos siglos ya─ entre mis ancestros guipuzcoanos.

Los Montes Vascos constituyen la parte más occidental de la Cordillera Cantábrica, y como línea natural divisoria entre Álava y Guipúzcoa destaca la Sierra de Aitzgorri, un imponente macizo rocoso sobre el que los geólogos ─con implacable objetividad científica─ nos dirán que está formado “...mayoritariamente por calizas marinas de edad cretácica que fueron elevadas... hace aproximadamente 34-23 Millones de años”, haciendo de esta manera posible que “...corales y rudistas formados en los mares cretácicos a poca profundidad de agua, podamos verlos hoy en torno a los mil metros de altura...”

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Una casa platense

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Muchas veces he pensado en tantas buenas construcciones de finales del s. XIX y principios del s. XX que han desaparecido bajo la piqueta demoledora, en aras de un aprovechamiento económico disfrazado de falso progreso.

A diferencia de otras ciudades del mundo, que han conservado gran parte de su patrimonio arquitectónico, en nuestro país queda poco o casi nada de unas construcciones que hoy apenas rondarían los 100 años de antigüedad.

Casa platense de mis abuelos
Casa platense de mis abuelos

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