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Breves apuntes sobre los conceptos de familia y linaje

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“La familia conserva su legado de glorias y honores... Es el vicio el que no tiene tradición.”

Julio Sánchez Viamonte.

 

Los genealogistas observamos la historia y la sociedad desde el estudio de la familia y las relaciones de parentesco. Tanto para un genealogista como para quien no lo es, hablar de familia supone algo grato y que nos es afín; todos hemos nacido y crecido en una familia y muchos de nosotros, llegado el momento, nos hemos unido a otra persona para crear la nuestra.

La familia es según Malinowski “el punto de partida de toda organización humana y «la cuna de las culturas nacientes»[1].” Ni siquiera es un concepto exclusivamente humano, ya que existe igualmente entre los animales; sin embargo la familia adquiere su significado cultural -que es el que nos interesa- únicamente “cuando su función biológica pura es compensada por una relación social permanente. El matrimonio es la consagración social de las funciones biológicas, con lo que las actividades instintivas del sexo y de la paternidad quedan socializadas y se da origen a una nueva síntesis de elementos culturales y naturales que adoptan la forma de familia[2].”

Como ya dijo Julio Sánchez Viamonte, en 1882, en su aún actual estudio jurídico sobre la institución matrimonial[3], “La familia es un hecho necesario, sin el cual toda sociedad es imposible... La sociedad [...] tiene por célula vital la familia, y no el individuo como unidad numérica...”

La familia funda su estructura en dos conceptos, alianza y filiación[4], sobre los cuales se construye la estructura familiar; alianza establecida comúnmente mediante el matrimonio de los cónyuges, y filiación que si bien implica la “procedencia de los hijos respecto de los padres” también conlleva una relación con aquellas personas que lo anteceden y también una dependencia de éstas. De tal manera se establece el parentesco entre dos personas, o una desciende de la otra, o ambas descienden de un ancestro en común.

El matrimonio es un concepto existente en todas las sociedades, que comporta una forma de unión que genera también una institución. Una definición antropológica frecuente define al matrimonio como “la unión legítima entre un hombre y una mujer, tal que sus hijos sean reconocidos como descendientes legítimos de los progenitores[5].” (Royal Anthropological Institute, 1951).

El matrimonio es -como decía Platón- “La necesidad que todo hombre siente de aferrarse a la vida eterna de la naturaleza en función de los hijos de sus hijos, que venerarán a los dioses en su lugar.” Podemos ver en esta definición la introducción de un concepto religioso vinculado al matrimonio. En nuestra tradición occidental, este concepto religioso -tradicionalmente cristiano- de matrimonio monógamo e indisoluble sobre el cual se asienta la familia “es el fundamento de la sociedad europea y el regulador del desarrollo completo de nuestra civilización[6].”

En efecto el concepto de familia y matrimonio cristiano difieren de cuanto había existido anteriormente. La familia patriarcal -aristocrática y privilegio de la clase patricia- se convierte con el concepto cristiano en común a todas las clases, incluyendo a los esclavos; y las obligaciones sexuales del matrimonio pasan a tener una bilateralidad de la que carecían con anterioridad: marido y mujer se pertenecen con igual exclusividad. Marido y mujer pasan a encontrarse en el mismo plano.

Sobre esta institución monógama e indisoluble, el matrimonio, es mediante la que se establecen las relaciones familiares y sociales; desde la familia campesina ligada a la tierra y al patrimonio -en la que la familia constituía una “unidad de producción y consumo cuyo ciclo doméstico determinaba la lógica de la economía campesina...” y en la que la posesión de la tierra no sólo otorgaba un valor económico sino también un “valor social en relación con el resto de la comunidad”-, hasta la más moderna familia occidental establecida en torno a un matrimonio fruto de la pasión amorosa de los cónyuges.

Ciertamente un descubrimiento moderno, el matrimonio por amor es tenido “como uno de los efectos de la disolución de la sociedad feudal, de los vínculos tradicionales de la sociedad campesina y de la emergencia del capitalismo de mercado, la propiedad individual y el individualismo[7].”

Dicen algunos sociólogos que en nuestros tiempos el matrimonio -muchas veces contraído a edades tardías- es el resultado de un estudiado cómputo entre ventajas y desventajas, con consideraciones de tipo tanto económicas como afectivas; el matrimonio actual constituye una familia conyugal liberada de muchas de sus antiguas funciones sociales “y, por tanto, fuertemente sentimentalizada[8].”

Pero como esa sociedad feudal en la que vivían nuestros ancestros -aún los cercanos- no está lejos en el tiempo, debemos considerar que la mayoría de nuestros antepasados vivieron en una sociedad dispuesta en estructuras estamentales y basada en un modelo feudal, tanto de la propiedad de la tierra y de los recursos económicos, como del acceso al poder político. Como bien manifiesta Griselda Tarragó, “...en estas sociedades hombres y mujeres se encontraban adscriptos por vínculos de pertenencia a formaciones colectivas de diversa índole... La definición de estos nexos y cuerpo de reglas no dependía de la voluntad de los hombres. No eran elegidos sino que se configuraban por el nacimiento de cada persona y estaban unidos a un imaginario relacionado con virtudes como la fidelidad, la lealtad, el honor. [...] Un individuo nacido en esta sociedad corporativa tendría escasos o nulos márgenes de acción en sentido opuesto o divergente al grupo o frente a una estructura de comportamientos que estaban fijados previamente por la costumbre, por la ley o por reglas propias[9].”

De tal manera el individuo no sólo pertenece a una familia establecida por la alianza de dos cónyuges y la filiación de sus hijos, en lo que sería un hecho puramente biológico, habitualmente llamada familia nuclear. También forma parte de una estructura superior formada por todos los parientes, el linaje, establecido mediante la relación de parentesco de quienes lo forman, pero también con una serie de connotaciones sociales, económicas y de prestigio, y con la asunción de unos símbolos distintivos del mismo.

Nuestra sociedad occidental actual, libre ya de diferencias estamentales establece las bases de cualquier grupo social en los conceptos de libertad, igualdad y solidaridad; sin embargo, aún en nuestras épocas, la estructura familiar sólo comparte con los grupos sociales el concepto de solidaridad, puesto que la familia basa su acción en los conceptos de autoridad y desigualdad. Estos dos fundamentos, la autoridad de los padres y su posición en un nivel superior al de los hijos “constituye el derecho de familia, los derechos de la sangre[10].” No podemos dejar de caer en la cuenta de que estos conceptos de autoridad y desigualdad parecen más cercanos a los existentes durante la sociedad estamental, en el que la sociedad se regía por un régimen feudal.

El linaje, esa estructura familiar superior, también estuvo regida antiguamente por esos conceptos de autoridad y desigualdad, unidos al de solidaridad. El prestigio del linaje, su posición social, el recuerdo del antepasado común, pasan a ser un patrimonio colectivo de todos sus miembros, así como los símbolos que los distinguen: blasón y apellido en el caso de los linajes hidalgos, y con el correr del tiempo también apellido en el caso de todos los demás.

La presunción de que el individuo “participaba de los méritos de sus antepasados y parientes” aglutinada en torno a “una entidad formada por todos los parientes y superior a ellos [...] es la base de la idea de linaje[11]...” El individuo heredará así unas virtudes comunes por el sólo hecho de integrar el linaje, y también sus méritos personales pasarán a engrandecer y formar parte del patrimonio común de su linaje.

Los linajes eran la estructura sobre la cual se formaba la sociedad[12], participando de esos conceptos de autoridad, desigualdad y solidaridad en los que hemos dicho que se basa también la familia. De tal manera que las diferentes ramas de un linaje reconocían la autoridad de la rama mayorazga, que ejercía la representación del mismo y solía gozar de las rentas que proporcionaban el solar y los bienes del linaje, y que compartían solidariamente mediante el acostamiento de otros miembros de dicha estirpe, mantenidos a costa del mayorazgo. Habitualmente, de los linajes de mayor importancia se desgajaban diferentes ramas que pasaban a constituir otros nuevos linajes.

La antigüedad del linaje ha sido siempre reconocida en todas las épocas, representa su fortaleza, su solidez y su estabilidad a lo largo del tiempo. Esta antigüedad incluso llega a suponer una presunción del propio linaje, que lo incorpora como uno de sus signos distintivos. Así podemos encontrar referencias a ese origen inmemorial en las divisas de muchos linajes antiguos. De tal manera el linaje de Rochechouart -uno de los más antiguos de Francia, encabezado por el duque de Mortemart- trae por divisa “Avant que la mer fut au monde, Rochechouart portait les ondes[13]; y se dice hablando de la antigüedad de los linajes de Quirós y de Velasco que “Antes que Dios fuera Dios y los peñascos, peñascos, los Quirós ya eran Quirós y los Velasco, Velasco”.

El ejemplo americano sirve también para ilustrar la importancia de esa antigüedad en los linajes. En el continente americano los descendientes de conquistadores y primeros pobladores serán los herederos de los derechos y prebendas pertenecientes a sus ancestros. Serán ellos quienes posean el derecho de convertirse en vecinos, quienes posean las encomiendas y accedan a los cargos de república, quienes en el Río de la Plata puedan ser accioneros y acceder a los beneficios pecuniarios que ello otorgaba, puesto que heredaron de sus mayores la acción de vaquear. El estudio de las genealogías y linajes de quienes fueron conquistadores en América han llevado a afirmar rotundamente que la conquista de América fue una cuestión de familia. Como bien afirma Binayán Carmona, “Y si primos eran «los padres fundadores», muchas y reiteradas veces lo fueron sus descendientes[14]”.

Aún hoy, las familias distinguidas de la sociedad poseen orígenes comunes que se remontan al reducido grupo de conquistadores y primeros pobladores, resultando lo que se conoce como parentesco universal[15]. Este parentesco universal se da también, muy habitualmente, en muchas regiones rurales españolas, abundantes de lugares poco poblados y en los que se da la circunstancia de que sus moradores mudaron su lugar de residencia relativamente poco a lo largo de los siglos, dando lugar a que casi todos sus miembros estén vinculados familiarmente si nos remontamos a sólo unas pocas generaciones atrás.

En efecto, nada hay para un linaje más preciado que su antigüedad se pierda en el inicio de los tiempos -casi todos los linajes importantes tienen en su memoria un origen legendario, que si bien no es muy del gusto de algunos genealogistas actuales, forma parte de la memoria cultural de estas antiquísimas familias-, igual aprecio representa para un individuo el remontar a sus ancestros hasta la sangre de los godos, aunque nuestra igualitaria sociedad actual vea en esto una ridícula vanidad y no una reminiscencia de la importancia del linaje en una sociedad estamental ya perimida.

 

[1] Mencionado en DAWSON, Christopher. “Dinámica de la Historia Universal”. Madrid: Rialp, 1961.

[2] DAWSON, Christopher. Op. cit.

[3] SÁNCHEZ VIAMONTE, Julio. “El matrimonio”. 2ª ed. Buenos Aires, 1888.

[4] IVANCICH, Andrea. “Genealogía, filiación y transmisión”. En “Boletín nº 8” del Centro de Estudios Genealógicos de Rosario. Rosario, 2012.

[5] Mencionado en GÓMEZ PELLÓN, Eloy “Introducción a la antropología social y cultural”. Universidad de Cantabria.

[6] DAWSON, Christopher. Op. cit.

[7] BESTARD-CAMPS, Joan. “La familia: Entre la antropología y la historia”. Papers: revista de sociología vol.36. Bellatera: Universidad Autónoma de Barcelona, 1991.

[8] BESTARD-CAMPS, Joan. Op. cit.

[9] TARRAGÓ, Griselda. “Fundar el linaje, asegurar la descendencia, construir la casa”. En Imízcoz, José María (ed.); “Casa, familia y sociedad”. Bilbao: Universidad del País Vasco, 2004.

[10] SÁNCHEZ VIAMONTE, Julio. Op. cit.

[11] MENÉNDEZ PIDAL DE NAVASCUÉS, Faustino. “El linaje y sus signos de identidad”. Revista “En la España medieval”, nº extra 1. Madrid: Universidad Complutense, 2006.

[12] MENÉNDEZ PIDAL DE NAVASCUÉS, Faustino. Op. cit.

[13] Antes de que naciera el mar, Rochechouart llevaba las olas.

[14] BINAYÁN CARMONA, Narciso. “Historia genealógica argentina”. Buenos Aires: Emecé, 1999.

[15] MENÉNDEZ PIDAL DE NAVASCUÉS, Faustino. “La nobleza en España: ideas, estructura, historia”. Madrid: Fundación cultural de la nobleza española, 2008.

 

 

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