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Entre quienes nos precedieron y nuestra posteridad

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Ya hemos dicho muchas veces que internet ha propiciado un auge importante a la difusión de la genealogía y ha hecho que muchas personas se interesen por sus ancestros. Hasta no hace mucho ésta era una ciencia que interesaba a unos pocos amantes de la historia, que habitualmente ya eran conocedores de sus antepasados por ser miembros de destacadas familias de la sociedad.

También hemos dicho ya que estos nuevos genealogistas realizan sus estudios valiéndose casi exclusivamente de la información que encuentran en internet. Pero no es ésta la única característica que presentan. A diferencia de los anteriores, muchos de estos genealogistas comienzan sus investigaciones con el fin de descubrir a sus ancestros más cercanos, no siendo raro que al comenzar sus pesquisas desconozcan incluso el nombre de sus tatarabuelos, y aún el de sus bisabuelos.

La mayoría de ellos realizan sus investigaciones utilizando casi exclusivamente el registro civil y las partidas sacramentales, muchas veces con la ventaja de que sus ancestros han permanecido en una zona geográfica determinada, lo que acota en gran manera el radio de acción de esas investigaciones. Con muy pocas excepciones, los linajes que estudian no han sido abordados por otros estudios genealógicos anteriores, lo que supone para ellos actuar en un campo virgen, pero sin ninguna referencia previa.

El estudio de estos nuevos linajes es, en conjunto, realmente interesante puesto que abre el campo de estudio de la genealogía a los linajes pecheros[1], a aquellos linajes que en su mayoría no poseen a ningún miembro que tuviera una actuación destacada dentro del campo de estudio de la historia, pero que representan a la gran mayoría de familias que constituyen la estructura social de cualquier país. El inicio del estudio de estos linajes supone un cambio sustancial y de evidente trascendencia en la observación de las formaciones sociales y familiares de muchas regiones o pequeñas localidades, e imprescindibles para el análisis y la comprensión de su historiografía. Parecería que, de alguna manera, se hubiera realmente comenzado a trabajar en aquel concepto de intra-historia -ya apuntado por Miguel de Unamuno hace más de un siglo- comenzando a establecer y documentar “la vida silenciosa de los millones de hombres sin historia que a todas horas del día y en todos los países del globo se levantan a una orden del sol y van a sus campos a proseguir la oscura y silenciosa labor cotidiana y eterna”[2].

Incendio en la Quinta da Boa Vista, Río de Janeiro
Incendio en la Quinta da Boa Vista, Río de Janeiro

Este interés por esos linajes pecheros adolecen -la mayoría de las veces- de ciertas características necesarias, por lo general amparadas en el poco conocimiento -y aún completo desinterés- que los nuevos genealogistas de internet aún parecen tener sobre la genealogía, sus metodologías, la manera de su exposición, y muy especialmente por el total desprecio y desinterés que parecen albergar por los estudios de los genealogistas que nos precedieron.

De esta manera, todas esas líneas de linajes que comprenden a “millones de hombres sin historia que... van a sus campos a proseguir la oscura y silenciosa labor cotidiana” no suelen ser publicadas como parte de ningún trabajo genealógico; no suelen estar vinculadas a ninguna observación de la historia o de la realidad social de un pueblo o de una región, aun cuando pudieran ser de gran interés en ese ámbito; no suelen ser expuestas en la manera en que suelen exponerse los trabajos genealógicos, con referencias a la bibliografía y documentación que lo sustentan. Suelen pasar, en suma, totalmente desapercibidos.

La gran mayoría de estos genealogistas, acostumbrados a unir cuasi indisolublemente la genealogía a internet, asumen y comparten una serie de antiguos tópicos acuñados en las primeras épocas de internet, cuando los que trabajaban entonces en proyectos vinculados a la red de redes creían en una nueva economía[3] que acabaría rotundamente con las estructuras sociales y económicas establecidas hasta entonces, como si la entonces llamada nueva economía fuera a destruir todo lo existente anterior a ella, a borrar de un plumazo el pasado hasta el momento de la invención de internet, como si todo lo anterior no hubiera existido o fuera falso o indigno de la más mínima credibilidad. El tiempo ha demostrado tanto la falacia del concepto de la nueva economía como la realidad de que internet es una potente herramienta para nuestras actividades, sean éstas las que sean.

Muchos de estos nuevos genealogistas mantienen esos tópicos que aún existen en torno a internet, otorgándoles demasiada credibilidad. Así, creen que “lo que no está en internet no existe”, y de tal manera no acceden a nada genealógico que no se encuentre colgado en la red. Hasta tal punto que en los foros de esta temática llegan a desinteresarse por cualquier tipo de conocimiento que no se encuentre online, o simplemente a manifestar que -aún conociendo la existencia de esas informaciones y pudiendo acceder a ellas en las bibliotecas o archivos- esperarán hasta que se encuentren disponibles en internet, relegando sus trabajos y conocimientos a un hecho futurible que en cualquier instancia depende de terceras personas para convertirse en realidad.

En casi todos ha calado aquella gran mentira que se repetía en los últimos años del s.XX: “Internet es gratis”. Una gran mentira, tanto entonces como ahora. Internet no sólo no es gratis sino que tiene un coste que, en muchos casos, puede resultar muy considerable. Toda la información que existe en internet tiene un coste. Los servidores, el software y las horas de mano de obra empleadas tienen un coste económico perfectamente evaluable. Quien nos provee de alguna información gratuitamente es porque quiere proporcionárnosla así y con tal motivo asume su importe. Otros directamente cobran por proveer ese acceso a la información, y otros simplemente proveen su información utilizando plataformas supuestamente gratuitas, pero que responden a diferentes modelos de negocio explotados por las compañías proveedoras de estos servicios. Pocas cosas son gratis, tanto en internet como fuera de él. Pese a ello, la gran mayoría de estos genealogistas creen tener derecho a acceder de forma gratuita a toda información y conocimiento, cómodamente desde el ordenador de casa, sin que esto les suponga ni un solo centavo de coste directo, ni siquiera la adquisición de un libro o revista especializada en este tipo de temática.

La mayoría cree tener auténtico derecho a ello, considerando que cualquier tipo de información útil para la investigación histórico-genealógica debería estar disponible online y de forma gratuita -incluyendo archivos de titularidad privada-, olvidando o ignorando los muy elevados costes -técnicos y humanos- que supone hacer posible y mantener las estructuras necesarias para llevar a cabo este tipo de plataformas y servicios, y olvidando o ignorando los derechos que asisten a los propietarios de archivos de titularidad privada -en el caso de documentos antiguos- o simplemente a los propietarios de derechos sobre la propiedad intelectual -en el caso de documentación más actual-.

La gran mayoría parece seguir esa premisa de internet que dice que “hay que compartir”, sin embargo -y pese a la buena voluntad que impera entre ellos- no lo hacen bien, o al menos no todo lo bien que deberían.

No puede negarse que internet proporciona una manera fácil, económica, cómoda y potente para dar a conocer nuestros trabajos genealógicos. Permite publicar y dar al conocimiento público cualquier trabajo simplemente con tener la voluntad de hacerlo. A pesar de esto los trabajos sobre las genealogías pecheras que mencionábamos antes brillan por su ausencia. Evidentemente algunas hay que están bien elaboradas y referenciadas, pero son muy pocas -poquísimas- en comparación con los miles de genealogistas que las estudian. Parecería que su visión de compartir alcanza únicamente a subir las líneas a aplicaciones web como Geneanet o MyHeritage, sostenidas por grandes empresas multinacionales que hacen de ello el objeto de su negocio.

Podríamos decir que el fruto de la labor investigadora, del trabajo, del tiempo y del esfuerzo empleado por estos genealogistas en el estudio de estas líneas pecheras, al no verse plasmado en una exposición de esas mismas líneas estudiadas -con mención explícita de sus fuentes y referencias, con alusión a sus hipótesis de trabajo y a sus conclusiones- queda relegado a pasar desapercibido, cuando no directamente al olvido. Lamentablemente es lo que suele ocurrir con la gran mayoría de estos estudios, condenados a permanecer como unos datos más entre la gran maraña de contenidos, de dudosa procedencia, existentes en alguna de las grandes aplicaciones web. Esa manera de compartir, que sin embargo llena las aspiraciones de muchos de los genealogistas de internet, resulta en la práctica de muy dudosa utilidad.

Existe una premisa que casi todos estos nuevos genealogistas comparten y que no deja de llamar poderosamente la atención. A semejanza de lo que se decía en las épocas de la burbuja de internet y de la nueva economía, parecería que todos los trabajos y estudios histórico-genealógicos anteriores a internet carecen, para ellos, de valor alguno y aún de toda credibilidad. Es habitual leer en los foros de internet que cualquier genealogista que no haya conocido la red -aun los que desarrollaron sus trabajos durante el s.XX- son unos mentirosos o unos creadores de cuentos y de invenciones, afirmando que siempre se inventaban los linajes para agradar a la nobleza que supuestamente era quien pagaba estas inventadas quimeras. Estos argumentos -de una simpleza atroz, impropia de un amante de la historia- son repetidos de boca en boca con una facilidad y una ligereza pasmosas.

Como “el estudio de la historia, tal como las demás actividades sociales, está gobernado por las tendencias dominantes del tiempo y el lugar[4], parecería que las tendencias dominantes actuales -posiblemente con la ayuda de la repetición poco fundamentada en los foros de internet- vienen imbuidas de un exceso de absurdo documentalismo, ignorante muchas veces de lo que realmente es una fuente, y absolutamente despreciativo con las fuentes orales -y aún con las fuentes secundarias-, llegando a desconocer que las fuentes primarias suelen tener su origen en una manifestación oral[5].

Es más que evidente que podemos encontrar errores entre los escritos de los historiadores y genealogistas que nos precedieron, tan cierto como que los genealogistas del futuro también los encontrarán en los nuestros. Pero eso no invalida ni los trabajos del pasado ni los actuales, ni autoriza a calificar a sus autores de mentirosos ni de inventores.

Es buena práctica intentar documentar con rigor nuestros trabajos, pero sin caer en un documentalismo inflexible y puritano que excluya tajantemente las investigaciones y trabajos de quienes nos precedieron en esta ciencia. Como bien manifiesta Zervino, poniendo como ejemplo las llamadas generaciones improbables, “No es correcto, sin duda, dejar volar la imaginación y dar por cierto lo que no es más que conjetura, pero tampoco caer en el documentalismo riguroso: si algún genealogista en el pasado no citó sus fuentes, pudo ser muy bien porque fuera el caso tan evidente y de todos conocido, que no lo consideró necesario, y si las generaciones parecen muy alejadas en el tiempo, no quiere decir necesariamente que sean fantasías[6].”

Resulta muy interesante corroborar, en el artículo de Zervino, cómo probadas y veraces filiaciones, pudieran muy bien ser puestas en duda en un futuro por los genealogistas venideros. Menciona así tres comprobadas generaciones de los príncipes de Carbognano, en los cuales el abuelo nació en 1771 y el nieto lo hizo en 1913. Aunque a primera vista pudiera parecer improbable -y más de uno pudiera pensar que faltan generaciones- son verídicas. Alude también al general Urquiza, hombre tremendamente prolífico que engendró numerosos hijos entre los 21 y los 68 años de edad, en que fue asesinado. Si no fuera por ser casos conocidos y no lejanos en el tiempo, podríamos sospechar que existe algún error en ellos y no es poco probable que dentro de un par de siglos alguien efectúe esa conjetura.

Según nos alejamos en el tiempo no resulta poco común encontrar filiaciones mencionadas por antiguos genealogistas de las cuales no hallamos soporte documental primario en la cual se mencionen. Aunque esto da pie a que los aficionados a calificar todo lo antiguo de mentira se rasguen las vestiduras, no significa que estas filiaciones no sean veraces. Además la documentación es susceptible de sufrir, a través del tiempo, numerosas situaciones que supongan su degradación o su completa destrucción[7].

Libros parroquiales quemados en los incendios de 1955
Libros parroquiales quemados en los incendios de 1955

Un claro ejemplo de ello fueron los incendios intencionados a los que fueron sometidas las iglesias de Buenos Aires por parte del peronismo, en 1955. Muchos documentos fueron dañados por el fuego y otros muchos se perdieron para siempre, como los primeros libros de bautismos y la totalidad de la información que se guardaba en la Curia eclesiástica. Pese a ello muchas de las referencias que contenían se conocen por haber sido estudiadas por los genealogistas y haber sido mencionadas por ellos en sus trabajos o en los datos contenidos en sus propios archivos, aún con referencia de libro y folio[8]. Es evidente que, pese a que se puede mencionar la referencia, es imposible acceder a la fuente primaria, perdida para siempre en los incendios. El que dentro de un par de siglos haya alguien que nos pueda calificar de mentirosos porque no ha podido acceder a unos libros sacramentales que se perdieron no significa que estas filiaciones, y sus referencias documentales, no sean ciertas.

Es curioso comprobar cómo algunos no dan ninguna credibilidad a ningún documento de la época medieval que nos permita establecer entronques de antiguos y conocidos linajes, pero sí la dan sin mayor problema a documentos de épocas posteriores que se encuentran en archivos nacionales, cuando entre éstos últimos pueden encontrarse comprobadas falsedades documentales, casi con toda seguridad en mucha mayor medida que en documentos mucho más antiguos. Algunas de estas falsedades constituyen también un interesante campo de estudio para un genealogista[9].

Han existido en el pasado, como en todas las épocas, pícaros y falsarios; y aunque en la actualidad también se cometan falsedades y delitos documentales, calificarnos a todos los que vivimos en este tiempo de delincuentes, y a todos los documentos generados en nuestra época de falsos, no sólo sería una simpleza sino que tampoco se correspondería con la realidad. Lo mismo puede decirse con los documentos de todas las épocas, incluyendo a los medievales.

Otro ejemplo de documentalismo rabioso e inflexible, que no deja de ser también sorprendente, es aquel que exige documentos a aquellas sociedades que no conocían la escritura. Lo llamativo del asunto es que algunos genealogistas exigen esa documentación en nuestra época, cuando en épocas pretéritas no eran siquiera exigidos por las instituciones. De esta manera, en el expediente de la Orden de Santiago de Juan Alonso I de Vera y Zárate (1613) la simple mención de ser la abuela “palla de los incas” resulta más que suficiente, no exigiéndose ya ningún tipo de documentación ni de comprobación documental que añadir al expediente, como mencionamos en un trabajo anterior[10].

Libros parroquiales chilenos quemados, cuya recuperación ha sido acometida por la Sociedad Histórica y Genealógica de la Araucanía
Libros parroquiales chilenos quemados, cuya recuperación
ha sido acometida por la
Sociedad Histórica y Genealógica de la Araucanía
(Fotografía Hisgenea)

No faltan tampoco aquellos que, entre una gran mayoría de líneas pecheras enlazan en una de sus líneas de ascendencia con un linaje hidalgo, y mediante éste, descubren ser descendientes de algún monarca medieval. La reacción es casi siempre la misma: a la sorpresa sigue la incredulidad, puesto que estos genealogistas tienden a catalogar toda la genealogía medieval como falsa e inventada con el único fin de agradar a la nobleza. Parecen ignorar que precisamente los reyes suelen ser grandes genearcas. Muy habitualmente sale a relucir, en los foros de genealogía en internet, la mención de Carlomagno como gran genearca europeo, aún cuando la mayoría no haya podido establecer el anhelado entronque, y casi siempre poniendo en duda la ascendencia de los demás. Ya nos manifestamos sobre ello en éstos términos: “Así, cuando alguien menciona en las redes un entronque real, aquél que aún se afana en encontrar un simple hidalgo entre sus ancestros labradores siempre menciona al buen Carlomagno como abuelo común de todos. Nunca falla.

Como siempre ocurre en todas partes, hay familias que encontrarán la manera de establecer ese ansiado y único entronque con el genearca europeo Carlomagno y otras que no encontrarán jamás esa línea real que lo enlace con él. Por contra, las familias más tradicionales de la sociedad no suelen necesitar descubrir el entronque regio, puesto que suelen ser conocidos y contarlos por decenas[11].”

Muchos son también los que denuestan a aquellos genealogistas que nos precedieron. ¿Cuántos no hemos escuchado menospreciar los trabajos de muchos de estos genealogistas, sólo porque contienen errores que ya han sido corregidos, o porque mencionan documentos que se han perdido, o porque mencionan hechos o circunstancias que permanecen en la tradición de los linajes desde tiempo inmemorial?

Los genealogistas son hombres de su tiempo, que se equivocan y se apasionan, pero no por ello un error invalida la importancia de sus estudios y trabajos. Todos hemos visto alguna vez cómo se menospreciaban los trabajos de grandes genealogistas que nos precedieron, quienes con un acceso mucho más limitado a los archivos, a las bibliotecas y a la documentación que el que tenemos hoy en día, sentaron las bases de nuestra historiografía.

Todos hemos oído palabras no muy halagüeñas -en todas las épocas- sobre García de Salazar, Salazar y Castro, Felgueiras Gaio, Calvo y tantos otros, sin pensar en que sus obras, pese a que puedan contener errores son básicos para la historiografía de nuestros países y deben ser tenidos en cuenta. Cometer la simpleza de olvidar el trabajo de quienes abrieron el camino no aporta nada.

Igualmente, en el caso de las genealogías pecheras es necesario que se acometan los trabajos necesarios para que su estudio no termine en el olvido. Es imprescindible que se publiquen los estudios de los nuevos genealogistas, que se impriman en papel y pasen a engrosar los estantes y anaqueles de las bibliotecas, para que permanezcan allí para nuestra posteridad y sienten las bases de los trabajos futuros.

Dos siglos han transcurrido desde que se produjeron, en los países de lengua castellana, los hechos conocidos como confusión de estados. Muchas cosas han cambiado desde entonces en la sociedad de nuestras naciones y en los linajes y familias que las integran. El mundo occidental no vive ya en la sociedad estamental de antaño. Es tiempo de que los genealogistas olviden ciertos prejuicios que parecen estar influenciados por una separación estamental más propia de una época ya perimida, y comiencen a sentar las bases y a publicar obras y trabajos sobre las llamadas genealogías pecheras, con linajes que no han sido estudiados con anterioridad y que tanto hoy como antaño también efectúan sus aportes al desarrollo de nuestras sociedades. Hay los suficientes genealogistas interesados en el estudio de estos linajes como para que esto comience a convertirse en una realidad tangible.

Igualmente hay que evitar caer en la tentación de afirmar, de manera infundada, que todos los trabajos anteriores no sirven de nada o son fruto de una supuesta invención de sus autores. Es buena práctica corregir los errores en los que pudieron caer otros genealogistas; es dable elaborar hipótesis sobre generaciones improbables, dudas razonables y otras circunstancias; es correcto mencionar que algunas eventualidades no pueden comprobarse o forman parte de la tradición de los linajes; pero no lo es en absoluto prescindir del trabajo de quienes nos precedieron, y mucho menos denostar a sus autores únicamente porque incurrieron en los mismos errores en los que incurrimos nosotros, aún con mayor acceso a la información y a los medios materiales.

 

 

 

[1] Esta denominación de genealogías o linajes pecheros lo he oído varias veces al mencionar el estudio genealógico de estos linajes, en contraposición a los linajes hidalgos que solían ser los más estudiados hasta ahora y que integraban esa parte de la población con mayor relevancia social.

[2] UNAMUNO, Miguel de. “En torno al casticismo”. Madrid: Espasa-Calpe, 1968.

[3] El término nueva economía realmente implicaba algo que va más allá de lo meramente económico. Se suponía que iba a suponer un cambio absolutamente radical en todos los aspectos de la sociedad mundial, en las costumbres de las personas, en sus intereses, con total ruptura con lo existente hasta ese momento. Lo nuevo iba a dejar caduco a lo viejo, en una ruptura total y absoluta con lo anterior en el tiempo. Los años no han hecho sino corroborar que internet no ha sido un elemento que rompiera con lo anteriormente establecido, sino una gran y revolucionaria herramienta que no ha sido el elemento de una separación drástica y definitiva con las tradicionales estructuras sociales y económicas, sino un instrumento de normal evolución, desarrollo y apuntalamiento de las mismas, como ha ocurrido a lo largo de la historia con multitud de otros importantes y revolucionarios descubrimientos.

[4] TOYNBEE, Arnold J. “Estudio de la Historia”. Buenos Aires: Emecé, 1951.

[5] Sobre este asunto véase “La documentación y las fuentes en el trabajo genealógico”, en http://www.biografiasfamiliares.com/sobre-genealogia/54-la-documentacion-y-las-fuentes-en-el-trabajo-genealogico

[6] ZERVINO, Miguel Ángel. “Ni tanto ni tan poco. O de cómo hemos pasado de la credulidad total al documentalismo rabioso”. Revista Genealogía Familiar nº 1. Madrid-Buenos Aires, 2014.

[7] Mientras escribía este texto se produjo en Río de Janeiro, el 2 de septiembre de 2018, el terrible incendio que afectó a la Quinta de Boa Vista, en la que el fuego consumió la casi totalidad de los fondos museográficos y archivos que se conservaban en esa institución, entre los que se encontraban -si no me equivoco- los libros eclesiásticos correspondientes a la Colonia del Sacramento (Uruguay), y que eran de especial interés para las genealogías de familias argentinas y uruguayas, pese a custodiarse en el Brasil. Terrible ha sido esa pérdida, no sólo para el Brasil, sino también para muchas otras naciones y también aún para la humanidad.

[8] Muchas de esas referencias fueron apuntadas con anterioridad a los incendios, en especial por el genealogista argentino Raúl A. Molina.

[9] VILELLA Y SÁNCHEZ VIAMONTE, Mariano. “Las tres abuelas de don Marcos José de Larrazábal, caballero de Santiago. Estudio de una falsedad documental que se conserva en el Archivo Histórico Nacional de Madrid”. Revista Genealogía Familiar nº 2. Madrid-Buenos Aires, 2014.

[10] VILELLA Y SÁNCHEZ VIAMONTE, Mariano. “Ascendencias mozárabes en Buenos Aires y Montevideo que vienen por la casa de los señores de Mejorada”. Revista Genealogía Familiar nº 13. Madrid-Buenos Aires, 2017.

[11] VILELLA Y SÁNCHEZ VIAMONTE, Mariano. “Viajes por el recuerdo”. Madrid: Temperley, 2018.

 

 

 

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