Background Image

¿Qué es y qué hace un genealogista?

Ratio: 5 / 5

Inicio activadoInicio activadoInicio activadoInicio activadoInicio activado
 

“La mala historia es mil veces más fácil de hacer y de enseñar que la buena historia, que la historia crítica... Pero si es mucho más fácil y exige mucho menos esfuerzo ser un mal historiador, también es cierto que la medida de esa dificultad reducida y de esos magros esfuerzos, es igualmente la medida de los limitados resultados y de las pobres obras históricas que se obtienen.”
Carlos Antonio Aguirre Rojas.

 

 

Numerosas son las personas que se interesan actualmente por sus orígenes familiares y por descubrir de dónde proceden. Internet ha favorecido la aparición de un interés genealógico que parece afectar a muchísimas personas en todo el mundo y que se encuentra en continuo crecimiento.

Hace algún tiempo lanzamos ciertas preguntas en algunos foros de esta temática en internet con el objeto de evaluar las impresiones y pensamientos generales de quienes frecuentan los foros de genealogía en las redes sociales. Muchas veces, al lanzar al ciberespacio alguna de estas interpelaciones, intuíamos ya cuáles serían las respuestas; sin embargo hubo una pregunta cuyas respuestas nos dejaron verdaderamente sorprendidos. La consulta en cuestión era: ¿Qué es un genealogista?

La casi totalidad de los interpelados, pese a estar interesados en la genealogía, no se consideraban a sí mismos como genealogistas ─ni aún como genealogistas principiantes─, adjudicando el término a aquellas personas que llevaban a cabo u ofrecían a terceras personas algún tipo de servicio o trabajo relacionado con la genealogía a cambio de una remuneración económica. Como si el solo hecho de mediar una contraprestación económica lo convirtiera a uno en genealogista.

Otra pregunta que formulamos y que guarda relación con este tema fue la de si pensaban escribir algún trabajo con los datos y las informaciones que iban recopilando en sus investigaciones. Sólo unos pocos ─poquísimos realmente─ afirmaron que estaban escribiendo algún tipo de trabajo y unos cuántos manifestaron ─más como una expresión de deseo que como algo cierto─ que en un futuro les gustaría escribir con ellos una novela histórica.

Atendiendo a un significado de la palabra podríamos afirmar que el genealogista es aquella persona que hace genealogía, lo que sin ser incorrecto sí que constituiría una definición muy simple.

Sabemos que la genealogía analiza la historia contemplándola desde el estudio de la familia y las relaciones familiares como formadoras de la sociedad; pero también sabemos que para llevarla a cabo el genealogista utiliza siempre una metodología científica de trabajo. La tarea acometida por un genealogista es así “mucho más complicada que la de limitarse a buscar las fuentes.”[1]

Toda investigación parte de una serie de preguntas que nos formulamos, que irán dirigiendo y condicionando nuestra investigación con el objeto de ir explicando una serie de porqués. El investigador irá estableciendo una serie de hipótesis en las que basará su investigación, hipótesis que normalmente se irán modificando o desechando a medida que avance nuestra pesquisa.

El primer paso de una investigación consiste en elegir el tema que será objeto de nuestro trabajo; aunque entre los genealogistas es común que el objeto de nuestro estudio sea, o parta, del estudio de un linaje, sus ascendientes, sus descendientes, sus relaciones de parentesco, etc.

Una vez elegido el objeto de nuestro estudio el genealogista construirá las primeras hipótesis de trabajo, delimitando el objeto de nuestra investigación. No es extraño que se parta de las teorías disponibles y que durante el curso de nuestro trabajo esas teorías se corroboren, en su totalidad o en parte, y que del propio curso de la investigación vayan surgiendo nuevas hipótesis de trabajo.  

Hecho esto el investigador analizará esas hipótesis y las someterá a verificación mediante las fuentes de las que dispone y al análisis de los documentos que ha seleccionado como relevantes para poder llevarla a cabo. Validará y contrastará sus resultados, confirmando o refutando y corrigiendo hipótesis; para, finalmente, dar lugar a una explicación que resuelva aquellos porqués cuya búsqueda dio comienzo a la investigación.

Esta explicación de nuestra investigación ─que comúnmente constituirá la monografía en la que se expongan los hechos y acontecimientos estudiados─ no sólo ha de narrar los aspectos de nuestro estudio, sino interpretarlos y explicarlos, mostrando también el proceso metodológico con el que hemos llegado a esas conclusiones.

Pero el genealogista no ha de convertirse en un mero expositor de nombres, fechas y lugares, de tablas genealógicas transcriptas sin estar acompañadas de una interpretación histórica y de una explicación razonada de los hechos expuestos. “Porque ¿de qué nos sirve saber cuándo y dónde acontecieron ciertos hechos históricos, si no somos capaces de explicar también las causas profundas, mediatas e inmediatas, que provocaron y suscitaron los hechos, y si no tenemos la habilidad de explicar, igualmente, las razones concretas y el sentido esencial que determinan que tal hecho se haya producido en ese momento y no antes ni después, en ese lugar y en ninguna otra parte, y además que haya acontecido del modo concreto en que sucedió y no de otra forma, teniendo por añadidura el peculiar desenlace o resultado que tuvo y no cualquier otro destino posible[2]?”

Es más habitual de lo esperado ─lamentablemente─ encontrar personas que emprenden exposiciones sobre personas, sobre hechos históricos y sobre condiciones de la sociedad de antaño envueltos de un completo anacronismo, como si las situaciones, las legislaciones, las costumbres y el pensamiento actual no se diferenciaran de los existentes hace tres, cuatro o cinco siglos. Los genealogistas, y cualquier persona que afronte sus estudios y conocimientos con una visión histórica, son conscientes de esta sensibilidad que se ha de tener hacia los cambios históricos de los hombres y las sociedades que nos precedieron, estudiando sus vidas y colectividades desde la propia sensibilidad de la época, y apreciando el cambio histórico que ha tenido lugar entre la sociedad de antaño y la actual.

De igual modo, quien afronta con conocimiento los estudios históricos es consciente de que la noción del tiempo adquiere una dimensión diferente que la simple idea de dividir el tiempo en siglos, años, días y horas. Cada momento histórico tiene su singular medida del tiempo: existen tiempos diferentes para una sociedad que vive una lenta evolución que para otra que vive una verdadera revolución; las sociedades viven momentos de expansión económica y de depresión, de ebullición y de letargo, muchas veces de manera cíclica. Los integrantes y los actores de las sociedades pasan, pero las sociedades permanecen.

Muchos tienen también una idea limitada del progreso, como si el día de ayer fuese mejor que el de hoy y el de hoy peor que el de mañana; como si las sociedades y el progreso de la humanidad hubiera avanzado siempre en forma lineal ascendente y no con numerosos altibajos; como si todas las sociedades humanas hubieran progresado al mismo tiempo y de la misma forma. El genealogista avezado muestra “esa multiplicidad de líneas y de trayectorias diversas que lo integran”[3] y que forman la riqueza y la diversidad de un linaje, de una sociedad o de una nación.

Quien afronta un trabajo histórico ha de hacerlo también de una manera crítica, obteniendo informaciones de los documentos que no se limitan, tan sólo, a su lectura e interpretación literal. No expone los hechos tal cual manifiesta que sucedieron, sino que explica por qué ocurrieron de esta manera y no de otra.

Tampoco es posible afrontar un trabajo histórico sin apasionarse con los personajes y los hechos investigados. La pretensión de no tomar partido o no involucrarse con los hechos o los personajes históricos es imposible de llevar a cabo; el propio acto de estudiar unos hechos históricos es ya, en si mismo, una intervención activa dentro del propio proceso de investigación. Los genealogistas ─que son personas de su tiempo, con sus compromisos con esta sociedad y con su presente y sus circunstancias─ saben que no existe la verdad absoluta, aunque saben también que “sí es posible una historia científicamente objetiva, en el sentido de no estar falseada conscientemente con ciertos fines de legitimar tal o cual interés mezquino o particular[4].”

El genealogista ─tal vez por la propia metodología expositiva de esta ciencia, abundante en tablas, cuadros y árboles genealógicos─ sabe que la exposición de sus investigaciones no se limita a una única dimensión narrativa. La simple narrativa no es historia. Aquellos que aspiran a utilizar el fruto de sus investigaciones acerca de sus ancestros y de su tiempo con el único objeto de escribir una novela histórica ─como muchos afirman en los foros de internet como el principal de sus anhelos─ no hacen genealogía e historia sino literatura.

A raíz de lo expuesto anteriormente, podemos afirmar que aquellas personas que afrontan un trabajo histórico desde la perspectiva y el estudio de las familias, las relaciones familiares y la formación de las sociedades humanas siguiendo una metodología científica de trabajo, son genealogistas, independientemente de que se ganen la vida con cualquier profesión.

Si atendiéramos a los nombres de los genealogistas de renombre que nos han legado sus trabajos y estudios histórico-genealógicos, descubriremos que la mayoría de ellos ─al contrario de lo que suelen pensar quienes frecuentan los foros genealógicos de internet─ atendía a sus necesidades económicas con el ejercicio de cualquier otra profesión.

El reciente auge de la afición genealógica, y en bastantes casos las dificultades económicas y laborales de la última década, han propiciado la aparición de varias personas que ofrecen sus servicios como “genealogistas profesionales”. La gama de servicios ofrecidos y de conocimientos genealógicos de estas personas es tan variada como personas ofrecen estos servicios: desde el que se ofrece a buscar alguna documentación en los archivos próximos a su domicilio o que suele frecuentar, hasta la picaresca nada científica del que ofrece “la historia y el escudo de su apellido”, pasando por la más amplia gama que uno pueda imaginar.

Tal vez el más variopinto de este tipo de “servicios profesionales” sea el que pretende desvincular a los estudios genealógicos de su ámbito científico e histórico, para ligarlo con el ámbito de lo psíquico cuando no de lo esotérico.

 De tal forma, intentando vincular el estudio de los antepasados a un ámbito “sanador” de la psicología de las personas, Alejandro Jodorowsky acuñó los términos “psicogenealogía” y “psicomagia”. Englobado todo ello dentro de lo que estos supuestos “genealogistas” profesionales llaman actualmente “transgeneracional”, a menudo ofrecen sus servicios genealógicos junto a la realización de cartas astrales, reiki y otras actividades más ligadas al ámbito de lo esotérico que de lo histórico y científico. Como estas actividades son ofrecidas como un método sanador de supuestas patologías psíquicas o psicológicas ─algo que entraría en el ámbito de la medicina y para lo cual es necesario disponer de la capacitación necesaria para ejercer la profesión médica─ estos falsos psicólogos se escudan de las acusaciones de intrusismo profesional argumentando ejercer una actividad genealógica para lo cual, legalmente, no es necesario disponer de ninguna titulación académica específica.

Desde siempre los genealogistas se han aglutinado y reunido en torno a muy diversos institutos, centros y asociaciones desde las que han compartido sus actividades y dado a publicidad sus trabajos. Si bien es notorio que estas entidades han contribuido en gran medida a los estudios genealógicos mediante la organización de congresos, la publicación de trabajos, la transcripción de colecciones documentales, etc., muchas veces aparecen también como entidades un tanto herméticas y poco permeables ─especialmente en los países de lengua castellana─ no muy dadas a prestar ayuda y consejo a quienes comienzan a interesarse por la genealogía. Afortunadamente parecería que, poco a poco, comienzan a aparecer nuevas entidades y asociaciones de genealogistas que reúnen un abanico más amplio de aficionados a esta ciencia, prestando asistencia y colaboración mutua a muchas personas ─de todas las edades─ interesadas en estos conocimientos, a semejanza de lo que ocurre en otros países de lengua no castellana.

Indudablemente este tipo de asociaciones son positivas y desarrollan actividades muy interesantes que no es fácil que lleve a cabo un sólo genealogista de manera aislada. Pero el camino por andar es aún largo. En el campo de la genealogía hispana sería muy deseable una mayor difusión del conocimiento entre entidades españolas y americanas, y que esa difusión escapara del ámbito de herméticas asociaciones eruditas para abarcar un ámbito mayor, que comprenda también a aquellos genealogistas nóveles que recién se adentran en este apasionante mundo, ya sean adolescentes o jubilados.

Resulta curioso constatar cómo, aún teniendo en común el mismo idioma, el mismo acervo cultural y los mismos orígenes familiares ─y a pesar de estar convencidos de lo contrario─ los genealogistas de España tengan unos muy limitados conocimientos sobre la genealogía y el desarrollo de las sociedades americanas. De idéntica forma ocurre con los genealogistas americanos, cuyo desconocimiento sobre las circunstancias peninsulares son equiparables al de los genealogistas españoles con respecto a América. Como en todo, en esto también hay excepciones.

 

 

[1] ALÍA MIRANDA, Francisco. “Técnicas de investigación para historiadores”. Madrid: Ed. Síntesis, 2005.

[2] AGUIRRE ROJAS, Carlos Antonio. “Antimanual del mal historiador”. México: Ed. Contrahistorias, 2005.

[3] AGUIRRE ROJAS, Carlos Antonio. Op. cit.

[4] Op. cit.

 

 

Utilizamos cookies propias y de terceros para mejorar nuestros servicios. Si continua navegando, consideramos que acepta su uso. Política de cookies